Opinión

Una desconocida

EscucharEscuchar

Entra al café dando bandazos a babor y estribor, como un velero que hiende los mares con lenta, rítmica cadencia. Toma asiento con el donaire de una emperatriz, en la mesa contigua a la mía. Estoy conmocionado. Su belleza es vertiginosa, abismal, innumerable... un verdadero elixir de vida para mi corazón que aguarda ¿qué? No lo sé. Todos aguardamos algo. Todos vivimos, como decía Unamuno, "en estado de aguarde". En el instante en que la beldad pasa a mi lado, un zafio cualquiera le espeta una procacidad que hiere la poesía de la tarde, como un relincho formidable en medio de un adagio de Mozart. ¡Y tener que confesarme a mí mismo, con íntima vergüenza, que aquel tunante no ha hecho sino dar expresión a mis propios pensamientos! Claro que yo lo habría dicho de otra manera. Metáforas, adjetivos, requiebros, ¿qué más da? Tan sólo una diferencia de forma, pero no de fondo.








En beneficio de la transparencia y para evitar distorsiones del debate público por medios informáticos o aprovechando el anonimato, la sección de comentarios está reservada para nuestros suscriptores para comentar sobre el contenido de los artículos, no sobre los autores. El nombre completo y número de cédula del suscriptor aparecerá automáticamente con el comentario.