"¡No vayas a Camboya! ¡No vayas a Camboya! Pronto va a ser invadida".
Este era el llamado que me hacían personas amigas en Europa, mientras preparaba mi programa de un gran viaje de estudio y de investigación en 1967, cuando estudiaba en Ámsterdam y la Unesco me anunció que me extenderían la beca por 12 meses más, para dedicar la última parte de ese año a un viaje por varios países de Asia. Traté de elaborar el programa de acuerdo con el tema central de mi investigación sobre la influencia cultural de la India, vía budismo, en los países del sudeste y este de Asia. Escogí India, Tailandia, Camboya y, finalmente, Japón.
Cuando salí de Europa a finales de enero de 1968 la guerra en Vietnam estaba en un momento crucial, extremadamente violento. Estados Unidos amenazaba a Camboya porque acusaba a su gobernante de colaborar con los comunistas. Por su parte, el príncipe Sihanouk manifestaba que, cuando dos elefantes pelean, la hormiga tiene que hacerse a un lado, porque o la aplasta uno o la aplasta el otro. Se refería así a que el conflicto en Vietnam era parte del enfrentamiento entre las dos superpotencias, la soviética y la norteamericana. Por lo tanto, Sihanouk proclamaba la neutralidad de Camboya.
De todas maneras mantuve mi propósito de visitar el Museo Arqueológico de la capital de Camboya y los famosísimos monumentos de Angkor en el interior de la selva. Pensé: "Si no voy ahora, no iré nunca".
Masacre de minoría. No pude incluir otro famosísimo monumento arqueológico budista en Indonesia porque ese país pasaba por una época de gran represión militar, al haber tomado el poder Suharto, el militar que derrocó al gobernante anterior e instaló una dictadura por muchos años. Se desató entonces en las islas del archipiélago indonesio una verdadera masacre de la minoría china. Con mi apellido y mi rostro, era absolutamente imposible ir a la isla Java para ver el famoso monumento de Borobudur.
Al llegar a Pnom Penh, capital de Camboya, me alojé en un pequeño hotel de módico precio y después fui a visitar al representante de la Unesco en esa ciudad. Recibí de su parte el dinero de la beca para las 2 semanas que estaría en Camboya, en dinero local, correspondiente a $11 diarios. El señor de la Unesco me dio entonces una tarjeta suya con el nombre y dirección de un profesor en Siem Reap, la ciudad más cercana a la gran zona arqueológica de Angkor, en la cual debía pasar una semana para fotografiar y analizar los muchos monu-mentos que encierran.
Al llegar en un pequeño avión al aeropuerto de Siem Reap, me di cuenta de que el único transporte disponible eran unos carritos con dos asientos, tirados por un motociclista. En uno de ellos puse mi valija y me subí sosteniéndome como podía durante el trayecto. Al llegar noté que estábamos enfrente de un gran hotel de primera clase, con una vista espléndida del gran monumento de Angkor Vat. Como ya eran las 8 de la noche, no tuve más remedio que pernoctar ahí. Cuál no sería mi sorpresa al ver la factura que indicaba $25 dólares por día sin comidas. Al asomarme al comedor, noté precios prohibitivos para mi presupuesto de $11 diarios.
Barata y popular. A la mañana siguiente busqué al conductor que me había llevado en la noche y le pedí que fuéramos a la ciudad a buscar un lugar barato para desayunar. La ciudad quedaba a unos 15 kilómetros de Angkor, y el conductor, convencido de que yo no era una turista rica, me condujo a un lugar de comida barata y popular al que no iba ningún extranjero. Después del desayuno le enseñé la tarjeta con el nombre y dirección del profesor que me había recomendado el representante de Unesco en Pnom Penh. Después de un rato logramos llegar a su humilde casa y ahí comprendí que se trataba del director del Liceo de la ciudad, pero que se encontraba a unos 7 kilómetros de ella, a la orilla de la carretera que llevaba a la zona arqueológica, totalmente fuera de la ciudad. El director, al comprender mi problema económico, me ofreció que me alojara en una habitación que reservaba el Liceo para que habitaran los profesores, ya que, por ser distante, los alumnos y personal del colegio debían vivir allí. Me entregó la llave y me dirigí entonces al Liceo. La habitación era muy pequeña, con un rústico camastro, un pequeño baño a la par y sin luz eléctrica, ya que era época de vacaciones. Esta pobreza de la Camboya de 1968 por supuesto que no da idea de la grandeza de lo que hace el Imperio Khmer entre los siglos XI y XIII cuando se extendió por muchas tierras y los monarcas, convertidos al hinduismo y al budismo, dominaron sobre una gran zona de Camboya y el sur de Vietnam.
Después de la invasión de las tropas sudvietnamitas y norteamericanas en ese mismo año, Camboya pasó por verdaderos baños de sangre al ser incorporada en la guerra de Vietnam, y después en la terrible represión del gobierno de los Khmer Rojos (grupo comunista radical). Actualmente Camboya está nuevamente en paz y he sabido que a lo largo de la carretera entre la ciudad de Siem Reap y los monumentos de Angkor se yerguen unos 20 hoteles de primera clase para los turistas que visitan la gran zona arqueológica que desde hace 10 años está siendo restaurada.
Ese pueblo sonriente y tranquilo en 1968 me permitió viajar con seguridad al Gran Lago, a varios kilómetros de Siem Reap, llevada por el mismo motociclista que me acompañó durante todo el tiempo que estuve en Camboya.