En el conocido librito sobre la historia y los actos heroicos de Juan Santamaría, dice el escritor don Carlos Jinesta que, si la independencia fue grande, el cincuenta y seis fue inmenso, dando a entender así que nuestra guerra contra los filibusteros está por encima de todo lo que significó la independencia de España.
El 11 de abril de 1930 don José Vasconcelos decía que “Santamaría era el verdadero héroe de la raza: los otros combatieron contra España, madre, al fin, de esos pueblos. Juan, en cambio, combatió contra el único enemigo que hemos tenido, que son los filibusteros. Por eso El Erizo es el símbolo continental de la raza”. Y termina afirmando el gran maestro mexicano: “Muchos países latinoamericanos, para redimirse, deben costarriqueñizarse; es decir, vivir el régimen legal y humano: del derecho y de la justicia”.
Santamaría, desde el punto de vista cívico, es semejante a esos iluminados que, en ocasiones, presenta la historia cristiana, de niños, de jóvenes, que vienen de las capas más humildes de un pueblo –sin saber leer ni escribir– pero con una dimensión espiritual sobresaliente que les permite entender y hasta ver a Dios.
Juan nunca fue a la escuela. Era un rapazuelo alajuelense que pasó sus primeros años bañándose en los ríos y recogiendo frutas de las fincas cercanas. “De regreso de sus andanzas, traía zapotes, naranjas y jaboncillos. Vagabundeaba de huerta en huerta, de fiesta en fiesta, de venta en venta... Era zumbón, travieso hasta no más; de natural vivo, de índole bondadosa y entretenedor de tertulias, en sus frecuentes holganzas”.
Era hijo natural de doña Manuela Carvajal, o Manuela Santamaría, o Manuela Gallegos, que con cualquiera de esos apellidos se la conocía. La casa de doña Manuela, es decir, de Juan, era “una casuca de adobes y horcones, mal enjalbegada, con techo de tejas, situada al sur de la plaza, hoy denominada de ‘Acosta’, sin ventanas, con una puerta frontera, ancha como el bien, y con piso de tierra que barrían con mechones de escobilla”.
Juan amaba a su madre; vivía con ella. Lo poco que podía ganar haciendo mandados a los vecinos, ayudando en un huerto, metiendo leña en una casa, era para doña Manuela. Y en las tardes, amarradas con un bejuco, traía ramas para el fuego del hogar. Parecía que no tenía otra ambición ni orientación mayor fuera de estas humildes labores, propias de un muchacho de las más bajas clases sociales de un pueblo costarricense a la exacta mitad del siglo XIX.
Pero tenía el fuego en su corazón. Murió a los veinticinco años de edad, y antes de aquel 11 de abril de 1856, nadie se había enterado jamás de que tenía fuego en su corazón. Fuego patriótico, divino, de trascendencia continental. Fuego que podría destruir edificios que aparentemente eran incombustibles; fuego capaz de terminar con las ambiciones inmensas del más poderoso grupo de conculcadores de derechos y libertades de los pueblos. Como era un joven siempre sonriente, un poeta escribió: “Una pincelada de sol sobre un picacho, tenía algo de la risa de Juan”.
Y es que eso representa Juan Santamaría: un rayo de sol que ilumina eternamente –orientando conciencias y decisiones– el destino glorioso de la patria costarricense. En momentos de indecisión y de aparente oscuridad, los pocos buenos gobernantes que hemos tenido, buscaron su punto de apoyo volviendo sus ojos a la rústica e improvisada tea que llevaba en alto, orgullosamente, Juan, el alegre tamborcillo de Alajuela. Aquel joven que, a pesar de haber pasado sus días de niñez y juventud contando cuentos y entreteniendo a la gente con sus ocurrencias, pasó a la historia por haber pronunciado, con decisión y gallardía, una sola palabra, un monosílabo. Cuando el General Cañas, “en lo más áspero del combate, dirigiéndose a las filas, preguntó en forma cariñosa y vibrante:
–Muchachos, ¿no habrá entre tantos valientes alguno que quiera arriesgar la vida incendiando el Mesón para salvar a sus compatriotas?”.
Entonces Juan Santamaría, en aquel preciso momento, adivinando para lo que había nacido, impulsado por el fuego de su corazón, enérgico, dijo, gritó: ¡YO!
Una palabra, un monosílabo, un grito que quedó prendido en la desgarrada historia de miles de pueblos de una América que aún hoy no terminan de clamar por la libertad. Yo, Juan, con una ramita y una pequeña luz, seré capaz de incendiar y desterrar a todos los que piensan terminar con la libertad de un pueblo. Yo, Juan, con una ramita encendida, puedo cortar la cabeza de todos los tiranos con el tenue filo de un rayito de luz.
Basándose en el patriotismo y la fe de un pueblo, don Juan Rafael Mora logró levantar un gran ejército, integrado por miembros de todas las clases sociales, pero sobre todo por campesinos. Un ejército de soldados descalzos, en su gran mayoría, y de algunos con “caites”, cuchillo al cinto y morral en bandolera. En Santa Rosa, la casona la ocupaban filibusteros de nacionalidad diversa: norteamericanos, franceses y alemanes, todos comandados por un húngaro. La mayor parte eran militares de carrera, que se reían de las pretensiones de los campesinos costarricenses, a quienes no les concedían capacidad alguna y, menos, posibilidad de vencerlos. Cuando nuestro ejército se acercó, el centinela filibustero gritó: “The greasers are coming!”: vienen los grasientos. Ese era el concepto que tenían los filibusteros del ejército costarricense. Unos “grasientos” a quienes supuestamente podían vencer con solo un buen mandoble, producto de su experiencia militar. Pero no sabían que esos “grasientos” traían, además, algo que ellos no tenían y que nunca conocieron: patriotismo, fe en la democracia e impulso incontenible de terminar con la invasión filibustera a Costa Rica. Por esta razón, y con ese impulso, los costarricenses atravesaron la frontera después, entraron a Nicaragua y los terminaron de extinguir en Rivas. De camino, el presidente Mora lanzó una proclama a los pueblos de Nicaragua, manifestándoles, entre otras cosas, lo siguiente: “Combatimos por vuestra salvación. Después del triunfo, paz, unión, justicia, libertad para vosotros y para todos... Uníos, alzaos y combatid... Arrojemos unidos a esa pestífera canalla; no quede uno solo de esos asesinos sobre la tierra que os concedió la Providencia; y de entre esos montones de cadáveres y ruinas que han acumulado tantos desvaríos y maldades, levantemos juntos una patria más unida, más fuerte, más venturosa, más grande...”.
Ejército descalzo, de hombres enteros. Pocos días después, el Gobierno nicaragüense le había declarado la guerra a Costa Rica; por esta razón no colaboró con nuestro ejército puesto que lo combatía. De la misma manera, no hubo apoyo importante de los otros países centroamericanos. A los filibusteros los venció, en solitario, el ejército descalzo de campesinos costarricenses, fortalecidos por el patriotismo de Juan Rafael Mora y de hombres tan enteros como los generales Cañas y José Manuel Quirós.
Para las generaciones futuras, la historia imparte lecciones; por eso es necesario saber todo lo que significó la guerra contra los filibusteros. En 1856 Costa Rica liquidó un intento de apoderarse de nuestras riquezas y de convertirnos en esclavos. Asimismo, que si aquella lucha se dio y el pueblo de Costa Rica venció, ese triunfo no es permanente, porque el filibusterismo está presente en todo momento. Si ayer se combatió con las armas, hoy la lucha es más sutil. Hay que encontrar razones para impedir la invasión constante, el despojo permanente.
Hoy, posiblemente, el filibustero viene vestido de globalizador y al patriotismo lo reemplaza el espíritu de lucro. Hay que entender que una sociedad regida solamente por las leyes del mercado, lejos está de elementales principios morales. El ataque financiero internacional es brutal. Tenemos que saber quiénes son los filibusteros de ahora para estar listos cuando un hombre como el general Cañas nos pida que debemos marchar de nuevo a quemar el Mesón. Para ese momento, es importante que muchos jóvenes estén dispuestos, como el soldado Juan, a decir, a gritar: ¡YO!