Hace 70 años, un 2 de octubre de 1928, rompen, bajo un cielo madrileño, las campanas de Santa María de los ¡ngeles su vuelo, mientras llega al mundo el Opus Dei que viene a recordar a la humanidad, en el seno de la Iglesia Católica, la llamada universal a la santidad, destacando nuevos brillos de las riquezas del mensaje evangélico.
Cuando el cristiano busca alejarse del mundo porque no le lleva a Dios, le descubre que puede "ser contemplativo en medio del mundo".
Cuando el católico archiva su fe como quien cuelga un paraguas al salir de su casa, le traza como meta "poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas".
Cuando desfallecen la fe y la esperanza en la posibilidad de transformar la realidad que le rodea, enseña a "amar al mundo apasionadamente".
Cuando los filósofos afirman que la persona humana es un desecho arrojado sin sentido a la existencia, escudriña como nervio de su dignidad "la filiación divina".
Adagio meridiano. Cuando el trabajo es sólo visto como pena impuesta después del pecado de origen, esculpe el adagio meridiano: "santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar con el trabajo".
Cuando la persona no halla el quicio de su felicidad, le propone la "unidad de vida" ñcomo coherencia entre el pensar, el decir, y el actuarñ en una lucha ascética por vivir heroicamente las virtudes humanas.
Cuando la sociedad y sus leyes rebajan el matrimonio, recuerda paulatinamente el sacramento magno y anima a formar "hogares luminosos y alegres".
Cuando el sexo es banalizado, afirma que es "dádiva divina" abierta a la vida.
Cuando el materialismo hace calibrar a los padres de familia el peso de la paternidad, asegura que "los hijos son su mayor negocio".
Cuando la pedagogía escinde al educando, proclama a la persona como centro de la "educación personalizada" abierta a un fin trascendente de la vida.
Cuando falsos espiritualismos contraponen la vida contemplativa y la vida activa, enseña a "hacer el trabajo de Marta con el espíritu de María".
Cuando la fe no encuentra la conexión operativa con la vida, su modo de enseñar es el de "una gran catequesis" de "Pan y Palabra".
Fidelidad. Cuando los teólogos buscan poner al día la Iglesia, les recuerda que el verdadero aggiornamento estará siempre en la fidelidad al Magisterio de la Iglesia.
Cuando se nubla el panorama donde navega la barca de Pedro, advierte "una pasión dominante, la de la unidad": "omnes cum Petro, ad Iesum, per Mariam".
Cuando se dificulta la vivencia ordinaria de la santidad "en medio de los pucheros de la casa", facilita a través de la "Trinidad de la Tierra", la plática diaria con la "Trinidad del cielo".
Cuando se afianzan en cotos cerrados los planteamientos en el orden temporal, recuerda como reto para la libertad que sólo existe una sola raza: "la raza de los hijos de Dios".
Cuando no aparecen los frutos inmediatos en la labor, desvela la eficacia de una trigonometría: "primero, oración; en segundo lugar, expiación; y en tercer lugar muy en tercer lugar la acción".
Por eso afirmaba el Beato Josemaría Escrivá un santo de nuestro tiempo que la fuerza de la Obra de Dios está en la oración, y por eso quiso Dios coronarla con la Santa Cruz.
(*) Catedrática, Universidad de Costa Rica