Cuando en enero de 1920 muere Galdós, la lengua española pierde a su más genial novelista después de Cervantes. En mi época de estudiante contemplé con entusiasmo en Madrid la estatua sedente que el pueblo le había erigido en el Retiro, obra inspirada de Victorio Macho. He leído que el escritor, ya ciego, estuvo presente en el homenaje e inauguración, rodeado de lo mejor de la intelectualidad española.
La fecundidad, la profunda humanidad, la perspicacia de observación del alma humana, acre y trágica muchas veces, solo tendrían parangón con Goya en la pintura, Beethoven en la música y, en la literatura, con colosos como Lope, Calderón o Quevedo. Su intervención en la política fue desafortunada porque el genio suele ser torpe en ese orden de la vida. No obstante, fue diputado en las Cortes por la fracción republicana, a la que se dice que no profesaba mucha convicción. Se citan frases graciosas como: "no digo que todos los republicanos sean mendigos, pero sí afirmo que todos los mendigos son republicanos". Cualquiera que conozca la historia contemporánea sabe que en España "república" representa la más detestable de las formas de gobierno, por lo que el coqueteo de don Benito por esa tendencia fue meramente circunstancial y una pérdida de tiempo. Mientras estuvo en sesiones más hubiese valido que se quedase en casa escribiendo.
Siempre es lamentable que un hombre original y profundo haga incursiones en la platea ominosa de la política. Como gran escritor, Galdós ha dejado frases irónicas y penetrantes. A un conocido que le comentó que estudiaría medicina para atender a los pobres sin interés alguno, le contestó: "Vamos a ver: ¿qué daño te han hecho a ti los pobres, infeliz?".
Galdós sí tuvo verdadero amor por los pobres. Con su emotividad genial y portentosa introdujo en su obra innumerables representantes de la clase marginada. Estas gentes le lloraron el día de su muerte de una manera inaudita y constituyeron en esas honras fúnebres una verdadera apoteosis.