Lo que voy a hacer a continuación es una perfecta "sinvergüenzada": agarraré bombos, platillos, trompetas, y orquestaré sin reparos mi propia fanfarria. Sí, ya lo sé: impúdico y ciertamente inelegante. Pero a veces no queda más remedio que hacer la elegancia a un lado y tirarse a la calle con altavoces, batucadas, carrozas... y vivir, aunque sea por un instante, nuestro pequeño carnaval privado.
El escritor que quiera ser leído debe estar dispuesto a estrangular el pudor y exhibirse en la resbalosa pasarela del espíritu. Así pues, aquí voy... Lectores, oyentes, amigos con quienes durante tantos años he sostenido el diálogo fecundo de la música y la palabra: mi segundo libro de ficción titulado Cuentos de Plenilunio viene de ser publicado por la Editorial Tecnociencia, la misma que hace tres años presentara también los Cuentos Mágicos y Góticos . Fui el principal perpetrador de la afrenta, Myriam Bustos mi cómplice, y Raúl Torres, Carlos Zamora y Ana Griselda Hine los fieles secuaces en tan tenebrosa empresa. Queda claro que la culpa la tienen ellos tanto como yo.
Halagador vecindario. El libro se presentará en el Centro Cultural de México el martes 11 de diciembre a las 7 p. m. Myriam Bustos, Víctor Flury y Daniel Gallegos serán los expositores en esta ocasión, y yo, halagadísimo de sentirme en semejante vecindario intelectual, haré por mi parte lo que siempre hago: secuestrar la palabra y hablar hasta que los relojes de Dalí terminen de derretirse.
¿Es el libro bueno o malo? No lo sé. No me corresponde decidirlo. El veredicto lo emitirán los demás. A ellos me entrego, dócil y sereno. En sus manos pongo mi obra, que es ahora un hecho completamente externo a mí y sobre la cual no tengo ya injerencia alguna. Los personajes, ideas y situaciones en ella referidos han dejado para siempre de pertenecerme. Perdí sobre ellos toda potestad al entregarlos al mundo. Son ahora seres autónomos, por completo emancipados de su progenitor, y vivirán o perecerán únicamente en virtud de su mérito o insignificancia intrínsecas. Myriam Bustos tuvo la insensatez de embarcarse conmigo en un navío que tanto puede alcanzar "las remotas riberas del porvenir" al decir de Baudelaire, como naufragar aparatosamente sin haber siquiera hinchado las velas. Gracias a Dios por su arrojo y por la fe que depositó en la pericia de mi tripulación.
Reflexión y dibujos. Pero si me declaro incapaz de evaluar mi propia obra, sí puedo en cambio justipreciar dos cosas: el magnífico prólogo con que me honra Raúl Torres y las ilustraciones de Ana Griselda Hine que engalanan cada uno de los relatos. Aun cuando los cuentos no tuvieran mayor mérito y espero ciertamente que este no sea el caso, la preliminar reflexión de Raúl y los dibujos de Ana Griselda bastarían para justificar la existencia del libro. De estos últimos lo único que cabe decir es que son todo lo que una ilustración debe ser: interpretación y recreación de la historia, transposición pictórica de la atmósfera, de la esencia poética, y no tan solo de la anécdota central de la narración. Gracias a Ana Griselda, mis cuentos se pasearán ahora por las librerías josefinas como pordioseros ataviados de diamantes.
El libro existe, sí, pero todavía no vive. La vida se la darán ustedes, mis queridos lectores, a través de ese acto mágico de cocreación que es la lectura activa. Sin ustedes el libro será letra muerta, mero proyecto, materia inanimada o en terminología aristotélica potencia más bien que acto. Ustedes son mi caja de resonancia, el diapasón en el que habrá de reverberar el canto de la palabra. Sin el aporte de la sensibilidad del lector sensibilidad creativa, productora de significado, eminentemente demiúrgica un texto no vale más que una partitura musical desprovista de intérpretes, que una señal luminosa en medio del océano... cuando no hay un solo navío en cien millas a la redonda capaz de reconocerla. Lo más que el creador puede hacer es arrojar la botella al mar y rogar a la Providencia que alguien la encuentre y tenga la buena voluntad de descifrar el mensaje. El escritor lanza su jabalina, pero es la posteridad la que determina la amplitud y dirección de su trayecto. Todo lo demás es mera vanidad.