Guanacaste debería aparecer en todo manual de primeros auxilios.
Basta con cruzar el puente del río Barranca y empezar a darse cuenta de que el camino al horizonte siempre está empedrado de líneas rectas, para sentir que los desasosiegos se disipan sin remedio y quedan desperdigados en los últimos kilómetros puntarenenses.
Cuando pisamos el río Lagarto, Guanacaste ya ha usurpado nuestros cinco sentidos. Hasta el surrealista tramo de carretera cercano a Abangares, posiblemente único en el mundo con sus seis colores (gris claro, gris oscuro, blanco, rojizo, amarillo y veteado), reconforta cuando queda atrás como señal inequívoca de que Costa Rica es a prueba de cualquier desatino.
Guanacaste es un bálsamo porque es irrepetible e inacabable. Me precio de conocerla muy bien, geográficamente hablando, y, sin embargo, en cada viaje atesoro nuevas sorpresas, nuevos nombres, nuevos recuerdos.
Sitios tan espléndidos como Nacascolo o Virador, dos hermosas playas que, junto con playa Blanca, subyugan al visitante de la península de Papagayo.
Aquí se ha levantado un sorprendente desarrollo turístico dirigido sobre todo al visitante del exterior, pero con una concepción social y ambiental que involucra a varias comunidades vecinas.
Es fuente de empleo para cientos de personas y preserva al máximo el entorno biológico.
Además, con una estrategia más inteligente y de menor impacto para los ecosistemas (educativa a fin de cuentas), a los turistas nacionales se les facilita el acceso a esas playas, a través de propiedades privadas, en el servicio de transporte gratuito que provee el propio Proyecto Península Papagayo.
Hay servicios sanitarios y de agua dulce, también gratuitos; vigilancia, rampas de acceso a las playas y una limpieza que sorprende.
El único requisito para poder estar allí es ser amante de la belleza natural y respetuoso con ella.