La prensa publica en estos días variadas esquelas que informan de la muerte de una persona notable: don Wálter Kissling. Las menciones son numerosas y eso llevaría a un lector a preguntarse: ¿qué de especial tendría este señor?
Creo que esa pregunta no puede quedar sin respuesta apropiada. Don Wálter fue un gran señor, de esos que no nacen a diario, de esos que son un libro abierto por sus innumerables enseñanzas.
El país ha perdido a un hombre preclaro, a un héroe, a alguien que, sin haber ocupado una silla presidencial o una diputación o un cargo público, ha hecho tantísimo por el bien de Costa Rica y de Latinoamérica.
En los negocios. Don Wálter fue el punto de referencia en conocimiento y sabiduría. Por eso lideró cámaras empresariales, dirigió empresas de extrema complejidad y participó en directivas de empresas de altísima reputación y gran tamaño.
¿Qué distinguía a este halcón en la búsqueda de la verdad? Llegar al punto crítico sin dificultad y hacer solo la pregunta relevante. No eran necesarias muchas palabras para que diese luz con intensidad correcta, aún sobre los temas más complejos.
La administración de los negocios fue su campo de batalla, el que le deparó sus múltiples victorias; el arma era una sola: su gente. Sus virtudes en el debido manejo del recurso humano son para escribir un manual: creer en su gente, seleccionarla adecuadamente, permitirle errar, pero no cometer el mismo error dos veces, desarrollarle las destrezas que requiriesen, motivarla; no importa quién se llevaba el crédito, lo importante era que las cosas se hiciesen; no dejar para mañana las acciones necesarias; encargarse pronto de lo importante y no de lo urgente; ser ético en todas las acciones; ser justo en el proceder con los subordinados; nadie está preparado para su próximo ascenso, pero se le debe dar oportunidad.
En lo educativo, era el mejor ejemplo del estudio y del fanatismo por la lectura y el aprendizaje.
De su genuina vocación por aprender ávidamente, abrazó la idea de ayudar a las causas de la educación, fue bastión de la enseñanza de alto nivel a través de su contribución a Incae y aportando variadas intervenciones en casos y conferencias sobre administración escritos por prestigiosas universidades como Harvard, Incae y Saint Thomas.
Ayuda social. Don Wálter ha sido el gran propulsor de la idea de que los gerentes profesionales de las empresas deben contribuir más con su tiempo que con su dinero a las obras de bien social, logrando así que esos proyectos de bien social sean autosostenibles y cada vez mejores gracias al aporte del gran talento que reside en esos gerentes.
No era simplemente una idea o un sueño a realizar, don Wálter llegó a implementar en su empresa la norma de que el ejecutivo que quería progresar y hacer carrera debía participar en al menos una junta directiva de una obra de bien social. El principio era de alta sabiduría, pues con la solución de los problemas sociales se obtendrían sociedades sanas y prósperas, que son mejores mercados para los negocios. Las empresas, a su vez, una vez involucrados los gerentes, deben contribuir con determinado porcentaje de sus utilidades a facilitar los proyectos en que sus gerentes se hayan involucrado. Una receta nueva, pero poderosa.
En responsabilidad ciudadana, don Wálter nos dejó también muy variadas lecciones. Su prédica y su causa era la de que las empresas deben actuar como ciudadanos corporativos responsables, cumpliendo fielmente las obligaciones ambientales, legales y tributarias. El respeto al ambiente y la protección de las aguas, la eliminación de accidentes laborales, la reducción de las emisiones, todos eran requisitos inexcusables. Como don Wálter los llamaba, eran asuntos no negociables. Su creencia era descrita como la necesidad plena de la democracia, la paz y la convivencia como requisitos para obtener tranquilidad, desarrollo económico y crecimiento.
Capacidad de trabajo. Por último, se suman a las virtudes notorias habilidades personales, entre ellas capacidad de trabajo, pues era incansable y siempre dispuesto a recorrer el kilómetro extra; tenacidad, basada en el lema de que batalla iniciada debía ser terminada y ganada, en ese orden y sin excepción; firmeza, sentía que era pecado claudicar o recurrir al camino fácil; bondad, quizás su mayor fortaleza, para hacer sentir a los que lo rodeaban firmeza y autoridad, pero a la vez bondad y generosidad: mano de hierro en guante de seda. Esta bondad se ve traducida en una familia ejemplar, llena de unión y felicidad y de hijos de iguales virtudes y talentos, que él y una esposa ejemplar legaron en el contacto diario.
La pérdida de don Wálter nos permite a todos reflexionar sobre la vida en general. Si miramos su pasado podemos ver con alegría sus grandes obras; si miramos al futuro podemos alumbrarnos con sus sabias enseñanzas. ¡Qué tristeza nos causa su partida, pero qué alegría nos causa su recuerdo!