Al pasar por la Librería Francesa vi en la mesa de ofertas un libro llamado Haussmann, le grand. Intrigado lo tomé para hojearlo. Obra de Georges Balance, otrora director de redacción de La Vie Financière, era una biografía de Georges Haussmann, el planificador de París, quien “encarna el mito francés del hombre providencial que es parido por la historia para llevar a cabo un desafío aparentemente inalcanzable”. Con otros dos libros completé la oferta de “tres por mil colones”.
El barón Georges Eugéne Haussmann, contemporáneo de Louis Pasteur y de Ferdinand de Lesseps, es un personaje fascinante. Galo, pero de origen alemán y formación protestante –de allí su rigidez y esquematismo–, estuvo, curiosamente, muy influido por el barroco, último gran estilo universal y enteramente católico. Fue el epítome del urbanista, hijo de su tiempo y de sus ancestros, que supo añadir a su genialidad el necesario coraje para llevar adelante sus ideas. Diseñador de líneas rectas y masas homogéneas, alérgico a todo desorden, fue el conceptualizador de perspectivas limpias y de extremada simetría, sin renunciar a las voluptuosas líneas, del París del Segundo Imperio que hoy todos admiramos.
Golpe de timón. Haussmann, ministro de París de Napoleón III, asumió su tarea a mediados del siglo XIX, y por unos 20 años la ejerció con grave y apasionada determinación, dando el golpe de timón que varió sustancialmente el derrotero al que habría podido dirigirse esa capital. Con la audacia de los grandes, hizo de París una de la ciudades más hermosas del mundo. Sin reparar mucho en el poder que habrá recibido Haussmann de Napoleón III ni los recursos con que habrá contado, porque eso no era suficiente, atendamos al notable genio, tozudez y capacidad de este hombre para desarrollar grandes obras. En su tarea debió tomar muchas riesgosas decisiones y hasta enfrentar batallas cruentas, sobre todo cuando debió demoler media ciudad con el fin de dar a París ese nuevo aire.
Su esfuerzo abarcó desde la misma infraestructura (túneles para distribución de gas y agua) hasta el trazo de ejes urbanos y grandiosas avenidas: el Boulevard Lafayette, de 5 kilómetros de largo, cuya construcción perforó muchas cuadras, llevándose de frente cientos de edificios, era el que más le enorgullecía. Hombre de grandiosas plazas e impactantes parques, es, por ejemplo, inspirador de edificios de apartamentos del París de hoy, que, con un esquema fijo y mucho barroco, construidos en todo el lote, acusan el gusto simétrico de Haussmann. Tienen, por un lado, obligación de simetría en cuanto a la altura máxima: seis pisos, con balcón de hierro en los pisos segundo y quinto, y, por otro, se podía desplegar el más voluptuoso movimiento de forma que se les quisiera dar.
Reorientar la ciudad. Al constatar la suerte de los parisinos con Haussmann, pensamos con dolor en San José. Y adquiere importancia, entonces, la elección de alcalde. Qué bueno sería que San José tuviera a la cabeza a alguien capaz de asumir la tarea de reorientar la ciudad, no para que repita París, lo que sería tonto y vano, sino para que no imite a otras ciudades latinoamericanas que, sufriendo de urbanitis aguda, en aras de un absurdo progreso, desplazan a la gente a las periferias y crean cajones atestados de día, pero desolados de noche.
Es hora de que alguien planifique San José, dándole un perfil más humano, que permita a muchos, como en otras ciudades, vivir en el centro, disfrutando de ese “estar cerca de todo”, yendo a pie, o en un transporte público óptimo, a la oficina o al entretenimiento. Claro que ese Haussmann criollo deberá saber asumir riesgos y tener un temple de acero. Pero hay que permitir a San José ser una urbe, esto es, “una ciudad muy populosa”, en la que el alegre movimiento de las gentes no sea solo en horas laborables. Esto es un reto y alguien debería asumirlo. Si París tuvo su barón Haussmann, ¿por qué San José no podría tener el suyo?