En los libros que componen la Biblia es muy común encontrar críticas directas a la manera en que los creyentes interpretan su relación con Dios. Estas críticas no van dirigidas a quienes no profesan la fe judeo-cristiana de manera particular, sino a las personas que dentro de esa fe intentan manipular a Dios. Por ejemplo, la dura predicación de Amós afirma que el culto se vuelve desagradable a Dios cuando la justicia y el derecho no son las preocupaciones principales de los creyentes. El más grande rebelde en toda la historia bíblica es ese Dios inmanipulable. De nada absolutamente sirve intentar ofrecerle complacencias porque se ha comprometido radicalmente con la realidad humana.
Esta temática aparece con una fuerza particular en el Libro de Job. En el relato él se nos presenta como un hombre justo, temeroso de Dios y siempre dispuesto a evitar el mal. Sin embargo, Dios deja que Satán le quite todo lo que posee, hasta dejarlo herido en su propio cuerpo, solo para probar su integridad. Es entonces cuando Job empieza a hablar y a reflexionar acerca de la justicia divina y la existencia del mal en el mundo. Pide que se desarrolle un juicio porque él acusa a Dios de haber sido injusto con su persona. Su argumentación es clara y directa, no hay un pecado que le pueda ser reprochado, nunca ha dejado de cumplir la ley de Dios, pero ahora está abandonado y malherido a causa de ese mismo Dios a quien le ha sido fiel. En cambio, como el mismo Job propone, los pecadores y los injustos disfrutan de una vida placentera. Sus negocios e intereses prosperan una y otra vez. El mal parece entretenerse en destruir a los que quieren ser rectos. Y Dios no hace nada, deja que esta situación injusta prosiga en su lógica destructora.
Giro inusitado. Los amigos de Job intentan convencerle de la inocencia de Dios: Job tiene que ser culpable de algo. No importa que no sea posible probarlo: si Dios lo castiga, es porque actúa con justicia. Pero Job mantiene su inocencia y pide sentar a Dios en el banquillo de los acusados. Al final Dios responde a Job desde la tormenta, pero la defensa de Dios consiste en hacer preguntas a Job acerca de su obra creadora.
El acusado afirma que Él es quien ha dado orden al caos primordial del Génesis, es el que domina el mar (símbolo del mal) poniéndole un límite, es el que ha dado libertad y belleza a las criaturas más salvajes. No en balde Él habla desde la "violencia controlada" de la tormenta y deja sin palabras a su acusador. Job reconoce su insolencia y Dios termina declarando la inocencia de Job. Y este giro es inusitado, Job tenía derecho a reclamar, mientras que sus amigos, que defendían a Dios, son acusados y encontrados culpables, porque Dios no es esclavo ni de su misma justicia.
Este maravilloso libro reacciona contra la posibilidad de manipular a Dios a partir de principios religiosos. No es cierto que la mayor prosperidad implique bendiciones de Dios, ni siquiera lo es para los que quieren ser creyentes fieles y leales. La acción de Dios es mucho mayor que una retribución inmediata: es un compromiso permanente con sus criaturas. Si bien el problema del sufrimiento permanece siendo una incógnita para el ser humano, para el creyente el don de la vida es mucho más importante que las contingencias en la que ella se desarrolla, porque demuestra la bondad de su creador. Por eso resulta irrisorio pretender encuadrar a Dios desde parámetros meramente contractuales. Dios es inmanipulable, aunque pretendamos dominarlo con nuestros razonamientos religiosos o con nuestras buenas obras de piedad.