El término ‘histórico’ no es en nada exagerado para describir lo que ha sucedido en Irlanda del Norte durante este año, y que tuvo su expresión más sólida, esperanzadora y emblemática el pasado martes 8. Ese día, tres décadas de intransigencia, violencia fratricida entre católicos y protestantes, intervención militar de Gran Bretaña, terrorismo y rupturas aparentemente insalvables, dieron paso al establecimiento de su primer Gobierno de verdadera unidad, en el que dos grupos antes irreconciliables, y dos dirigentes alimentados de odio mutuo, comenzaron a compartir el poder.
Flanqueados por Tony Blair, primer ministro británico, y Berthe Ahern, su colega de Irlanda, la cúpula del nuevo Gobierno quedó integrada por Ian Parsley, el más duro de los líderes protestantes, máximo jefe del Partido Democrático Unionista (DUP, por sus siglas en inglés), como primer ministro, y Martin McGuinnes, número dos del Sinn Fein, brazo político del católico Ejército Republicano Irlandés (IRA), como viceprimer ministro.
Lo histórico, en este caso, no es solamente abrir una vía política pragmática, legítima y sostenible a lo que, años atrás, parecía un conflicto sin fin. Igualmente importante es que los casi dos millones de protestantes y católicos de Irlanda del Norte, un territorio formalmente bajo dominio británico, han recuperado su autogobierno y, con él, un amplio margen de soberanía.
La principal paternidad de este cambio se debe atribuir, sin dudas, a Blair, que deja el acuerdo como uno de los mayores legados como primer ministro. Él fue el arquitecto del proceso de complejas negociaciones que comenzó el Viernes Santo de 1998, y que debió pasar por innumerables dificultades antes de alcanzar el éxito final. Pero también tuvieron enorme importancia el irlandés Ahern, el entonces presidente estadounidense Bill Clinton, los propios líderes republicanos (católicos) y unionistas (protestantes) y una serie de situaciones que estimularon el cambio entre los beligerantes, especialmente su fatiga con la opción militar y un entorno geopolítico menos tolerante con la violencia. Pero estas coyunturas, sin la inteligencia, el compromiso, la apertura y el realismo de los dirigentes involucrados, no habrían conducido a la paz, como finalmente ocurrió.
Cumplida esta etapa indispensable y crucial, sin embargo, a las múltiples esperanzas se suman indudables desafíos. El principal, en lo inmediato, es hacer que el Gobierno se mueva y sea capaz de conducir, a pesar de sus grandes diferencias internas, los destinos de Irlanda del Norte. La reconstrucción de la economía, totalmente dependiente ahora de los subsidios británicos, deberá ser uno de sus objetivos máximos, lo mismo que definir las políticas educativas (rodeadas de grandes sensibilidades religiosas).
Pero cualquiera de las anteriores tareas, y muchas otras que todo Gobierno de un país traumado por la violencia debe enfrentar, se quedan cortas frente a la necesidad de reconstruir los nexos humanos, la tolerancia y la capacidad de convivencia cotidiana entre las poblaciones católica y protestante. Esto, además, tiene relación directa con el estatus de Irlanda del Norte porque, mientras los católicos desean, mayoritariamente, separarse de Gran Bretaña y, eventualmente, unirse a la República de Irlanda, hoy un floreciente país, los protestantes desean mantener la situación actual.
El camino que se abre no será sencillo. Pero, si los norirlandeses y sus dos principales partidos han logrado llegar tan lejos con la paz, es dable suponer que serán capaces de afrontar de forma inteligente los otros retos. El suyo, además de histórico, es un ejemplo para el mundo de cómo el diálogo inteligente, sumado a la voluntad de los interlocutores, puede conducir a resultados que antes parecían imposibles.