Creo que pocos lugares de nuestro país son tan singulares como Turrialba. Y, además, que casi no hay tico que no tenga que ver, de manera directa o indirecta, con tan peculiar cantón.
De esto me he percatado en los años que tengo de vivir allí, no solo en el trato cotidiano con sus nobles gentes, sino también a través de las ricas tertulias con tres turrialbeños de cepa, aunque descendientes directos de españoles: don Luis Pérez, mi suegro (a quien conocí en Heredia); don Leopoldo Fernández, amigo de gratísima memoria, y don Isidoro Abad. La lectura posterior del libro Turrialba, su desarrollo histórico, de don Juvenal Valerio, amplió mis percepciones.
Fue así como escuché de los primeros pobladores indígenas y de su bravía batalla en Tayutic (hoy La Suiza), donde vengaron las humillaciones que el ambicioso y prepotente gobernador Diego Gutiérrez hiciera a los caciques Camaquire y Cocorí; del vasto desarrollo cultural de los huetares que habitaron Guayabo; del bastión indoespañol que fue esta zona para impedir que las hordas piratas de Mansfield y Morgan tomaran Costa Rica y la convirtieran en la anhelada vía entre los dos mares; del verdor omnipresente, acariciado por lluvias infinitas; de la pródiga vida silvestre, que tanto daba para la cacería y la pesca; del majestuoso volcán y sus pequeños poblados con climas exquisitos; del confinamiento de los presidiarios de la capital, quienes vivieron incorporados de lleno a la comunidad turrialbeña; del tren y la estación, que forzaron a la incipiente ciudad a descender de los lomeríos para estrecharse en El Guayabal, entre dos ríos causantes de inundaciones inclementes y recurrentes; de los auges originados por las vastas haciendas bananeras, cafetaleras y cañeras; de las luchas sociales en el campo, embriones de movimientos sociales de amplitud nacional; de los desgarres y dolores del 48; de los intentos de sembrar hule y cinchona; del espíritu de tolerancia, salpicado de humor sano, con sectas de larga data, como los masones y los "chaquetas" (evangélicos); de la presencia tímida de los "cholos" (indígenas), tutelados por los misioneros alemanes, como el padre Enrique Menzel; del inicuo límite que fue la ciudad para impedir que los negros se desplazaran hacia el interior del país, lo cual originó los "picnics" anuales, cuando ellos desde Limón invadían la ciudad, para llenarla de algarabía, con su jazz, bailes, viajes en "cazadoras" alrededor del cantón, y sus ventas de panbón y melcochas de peppermint.
Pero en su historia lo clave fue la "línea". La construcción del ferrocarril, irónicamente, alejó a Turrialba del mundo capitalino, para acercarla aún más a la cultura caribeña. Híbrido extraño, porque al ánimo más bien taciturno de sus colonos campesinos se sumó el alma afrocaribeña, extrovertida y sensual. La denominación de "puerto sin mar", ya trillada, refleja el resultado de esa curiosa mezcla de recato y de espíritu lúdico, quizás única en Costa Rica. Genuino crisol de razas, porque a los colonos blancos y a los negros se sumaron los inmigrantes chinos e italianos que trabajaron en el ferrocarril, parcialmente los indígenas, el amplio núcleo de españoles comerciantes, y el cosmopolitismo derivado del IICA (hoy Catie).
Turrialba ha aportado notables profesionales y deportistas al país, y encierra un mundo cultural muy rico, quizás callado pero en pleno auge, donde abunda la creatividad. Algunas muestras de ello son sus artesanías (como los exquisitos quesos y panes, y las célebres botas "Turrialba", que fabricaba don Augusto Rivel), y sobre todo la cantidad y calidad de sus músicos y poetas, encabezados por Jorge Debravo, cimero poeta costarricense.
Este es un conglomerado humano querido y querible, donde cada vez que se puede, ya sea en desfiles formales o en fiestas privadas, la gente se une, con verdadero sentido de cofradía, para cantar "El turrialbeño", alegre y pícaro himno local. Como homenaje filial, y apenas a cinco años de celebrarse el centenario del cantón, hace pocas semanas don Luis Torres publicó un bello libro de anécdotas (Turrialba y mi Guayabal querido), el cual retrata la singularidad de sus gentes. Recomiendo leerlo, pues al conocer este rico y vivo fragmento de nuestra patria, entenderemos y valoraremos mejor su totalidad materna.