El 22 de julio, los turcos acudirán a las urnas para escoger a los 550 diputados, una consulta de gran trascendencia
Las elecciones se adelantaron después de la posibilidad de que el canciller, Abdullah Gul, fuese nombrado próximo presidente, lo que inquietó a diversos sectores políticos de Turquía, entre ellos los militares.
El bloqueo de esa designación, que hasta ahora recaía en la Asamblea, precipitó el anticipo de los comicios y el impulso de una reforma constitucional para que el jefe del Estado se escoja por votación popular.
Este cambio, que aún no es definitivo, conlleva un trasfondo ideológico-político fundamental. Es la reacción de quienes temen que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, islamista) se vea tentado a modificar el Estado secular que estableció, en 1923, la separación entre política y religión.
No es de extrañar que los primeros en advertir tajantemente contra esta posibilidad hayan sido los militares, quienes se consideran los guardianes de la Turquía contemporánea que el general Mustafá Kemal Attatürk fundó sobre las ruinas del derrotado Imperio Otomano.
Turquía fue el único de los perdedores en la Primera Guerra Mundial al que no pudieron imponer una paz con humillación. Attatürk defendió la integridad territorial del nuevo país y el ejercicio de la soberanía, en vez de las gravosas condiciones incluidas en el Tratado de Sèvres (1920, sustituido tres años después por el de Lausana).
Luego vinieron las reformas que le dieron su Constitución laica y, en general, impulsaron la “occidentalización”.
El Gobierno del AKP niega pretensiones de modificar el sistema y, al menos en público, sus dirigentes ven claro que las puertas de la Unión Europea solo se abrirán si Turquía se democratiza más y garantiza respeto pleno a los derechos humanos.
Resulta significativo y, a la vez muy estimulante, que en diversas ciudades se estén presentando manifestaciones populares en apoyo al régimen secular.
Queda por ver cómo se canalizan esas expresiones cuando los ciudadanos vayan a votar. Sobre todo, si renovarán el mandato al AKP, cuyo acceso al poder se vio favorecido por el desencanto de la clase media con los partidos tradicionales.
Pese a los altibajos suscitados desde su creación, Turquía prueba que el islam no es incompatible con la modernización económica e institucional.