Todas las guerras acaban, tarde o temprano, pero los recuerdos de las atrocidades nunca parecen disiparse, como nos recuerdan los disturbios antijaponeses, alentados por el Gobierno, que se están produciendo ahora en China. El 90º aniversario de las matanzas de armenios en 1915, ordenadas por los Jóvenes Turcos que gobernaban el Imperio Otomano y con la ayuda de los curdos, representa otra herida que no sanará, sino que se debe tratarla para que el avance de Turquía hacia la adhesión a la Unión Europea prosiga sin problemas.
Se cree que el genocidio armenio inspiró a los nazis sus planes para la exterminación de judíos. Sin embargo, en comparación con el Holocausto, muy pocos saben lo suficiente sobre aquel negro episodio. En realidad, a la mayoría nos resulta difícil imaginar la escala de sufrimiento y devastación infligida al pueblo armenio y sus ancestrales tierras natales, pero muchos miembros de la diáspora armenia en el mundo, actualmente muy próspera, tienen antepasados directos que perecieron y continúan una tradición histórica oral que mantiene los recuerdos incandescentes.
Resulta particularmente irónico que muchos curdos de las provincias sudorientales de Turquía, tras recibir la promesa de apoderarse de propiedades armenias y de contar con un lugar garantizado en el cielo por matar a infieles, fueran de buen grado cómplices en el genocidio. Después se encontraron en el bando perdedor de una larga historia de violencia entre sus propias fuerzas separatistas y el ejército turco, además de verse sometidos a una política permanente de discriminación y asimilación forzosa.
Silencio de Turquía. Históricamente, los antiguos cristianos armenios fueron de los pueblos más progresistas de Oriente, pero en el siglo XIX Armenia fue dividida entre el Imperio Otomano y Rusia. El sultán Abdulhamit II organizó las matanzas de 1895-97, pero hasta la primavera de 1915, no encontró el gobierno nacionalista de los Jóvenes Turcos, gracias a la tapadera de la primera guerra mundial, la voluntad política para ejecutar un auténtico genocidio.
En un principio, se detuvo a intelectuales armenios y se los ahorcó en público en grupos de 50 a 100. Así, los armenios comunes y corrientes quedaron privados de sus dirigentes y poco después fueron víctimas de matanzas, muchos de ellos quemados vivos. Unos 500.000 fueron asesinados en los siete últimos meses de 1915 y la mayoría de los supervivientes fueron deportados a zonas desérticas de Siria, donde murieron de hambre o de enfermedad. Se calcula que 1,5 millones de personas perecieron,
Recientemente, la diáspora armenia ha hecho llamamientos a Turquía para que afronte su pasado y reconozca su crimen histórico. La posición oficial de Turquía sigue siendo la de que esa alegación se basa en afirmaciones infundadas o exageradas y de que las muertes habidas fueron consecuencia de los combates con armenios que colaboraron con las fuerzas rusas invasoras durante la primera guerra mundial o de las enfermedades y del hambre durante las deportaciones forzosas. Además, la población turca local sufrió supuestamente bajas similares.
De modo que Turquía sostiene que la acusación de genocidio va encaminada a mancillar el honor de Turquía e impedir sus avances hacia la adhesión a la UE. También hay el temor comprensible de que, de no atenerse a la posición oficial, se desencadenaría un aluvión de reclamaciones de indemnización, como ocurrió contra Alemania.
Ante la UE. Para muchos políticos, en particular en los Estados Unidos, no existe la voluntad de molestar a Turquía sin una justificación plena, en vista de su ejecutoria como aliado leal de la OTAN y posible país candidato a la adhesión a la UE, pero, pese a que lleva medio siglo de miembro del Consejo de Europa -supuesto custodio de los derechos humanos, incluida la libertad de expresión y de conciencia-, Turquía sigue castigando como delito contra el honor nacional cualquier indicación de que la del genocidio armenio es una verdad histórica. Afortunadamente, el artículo del código penal de Turquía que así lo dispone va a ser revisado y posiblemente derogado.
De hecho, en Turquía están en marcha grandes cambios. La prensa y el gobierno, conscientes de los requisitos que impone la adhesión a la UE, están abriendo la delicada cuestión armenia al debate. Incluso el primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, sometido a una presión cada vez mayor por la UE, en vista de que el inicio de las negociaciones de adhesión está previsto para el próximo mes de octubre, ha accedido a que historiadores académicos hagan un estudio imparcial, aunque ha reiterado su convencimiento de que nunca hubo genocidio. En Francia, la realidad histórica del genocidio armenio está consagrada en la legislación y su negación recibe la misma consideración que la del Holocausto.
El Parlamento Europeo está presionando para que haya un reconocimiento turco del genocidio armenio. También pide que Turquía y su estrecho aliado Azerbaiyán pongan fin a su embargo comercial contra la República de Armenia, reabran las fronteras y lleguen a un acuerdo de paz por territorios a fin de resolver la disputa territorial sobre Nagorno Karabaj en Azerbaiyán y salvaguardar la identidad armenia.
Armenia, país independiente desde 1991, sigue dependiendo de la constante protección rusa, como ocurrió en 1920, cuando se incorporó a la Unión Soviética para no sufrir más invasiones turcas. Esa situación no es buena para el desarrollo de la democracia y la débil economía de Armenia. Tampoco la constante dependencia de Armenia respecto de Rusia es buen augurio para la cooperación regional, dado el profundo resentimiento provocado por la injerencia rusa en sus vecinos Georgia y Azerbaiyán.
Solo hay una vía por la que avanzar para Turquía, Armenia y la región. El futuro no empezará hasta que Turquía -como Alemania en el pasado y Serbia y Croacia ahora- repudie su política de negación y afronte sus terribles crímenes de 1915. Solo entones el pasado podrá ser pasado de verdad.
Charles Tannock es presidente de la Subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo. © Project Syndicate, 2005.www.project-syndicate.org