Es Pedro un discípulo cuyos deseos están por fuera. Es transparente, no esconde ni matiza sus impulsos. No sabe disimular. No sabe esperar. Lo ve todo y lo quiere todo. Los golpes que se lleva en su proceso de aprendizaje son hematomas y desconcierto. A todo le pone fuerza, deseo, sinceridad. No puede llevarse tan solo un rasguño, se tiene que desgarrar. Este pedro, Jesús profetizó, sería un pescador de hombres.
Es una vida de altos contrastes. Tiene en su haber la confesión más hermosa y la negación más vil. En estos días en que la Iglesia Católica ha escogido al "sucesor de Pedro" (doctrina que para mí no tiene asidero bíblico ni histórico), me parece oportuno y conveniente reflexionar sobre el proceso que hizo de este porteño un predicador de multitudes, convirtiéndose literalmente en lo que Jesús le dijera: un pescador de hombres.
Duro proceso. ¿Qué sobrenombres podemos darle? La cuestión del nombre, venida a menos en la superficialidad en que vivimos hoy, siempre tuvo connotaciones proféticas en el pueblo hebreo. Intrépido, sin paciencia, iracundo, de doble ánimo. Atendiendo su personalidad, son muchos los nombres que podrían definirlo, por lo que sería fácil cometer el error de juzgar el todo por la parte. Para evadir ese error, recordemos que, después de todo, tocaría a nuestro discípulo vivir un duro proceso hasta su consolidación como apóstol de Jesucristo. Su nombre de pila era Simón (Simeón), pero Jesús le puso otro nombre: Pedro.
Es una escena típica de la antigüedad: El Maestro, los discípulos, la naturaleza. Preguntas que se responden con preguntas y obligan a reflexionar; una flor, un ave, una piedra, la didáctica más pura. Hay polvo en las sandalias, quizás cansancio. Estamos en Cesárea de Filipo. Jesús pregunta: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Mientras los discípulos cavilan en voz alta (Elías, Jeremías, algún profeta, etc.), un conocimiento resplandece en el corazón de Pedro y, por sobre todas las conjeturas, irrumpe en este mundo con la potencia de la fe, la memorable confesión: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Tan solo unos renglones más adelante, la excelencia de la revelación recibida hace tropezar a Simón Pedro. Ante el inminente sacrificio del Señor, Pedro le dice: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Jesús le responde: "¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo." (Mateo 16:23) Terrible. La lucha está planteada. De la revelación a la confusión; de la verdad al engaño, de Jesús a Satanás.
Espada inútil. Se inicia en nuestro hermano Pedro un proceso de transformación. Su reciente confesión y las valiosísimas promesas recibidas, tendrán que pasar de la mente a su espíritu en un proceso lento, doloroso y lleno de aflicciones. Jesús ha sido aprehendido y es objeto de una tortura tan brutal como injusta. Y Pedro que quiso -¡ay, esfuerzo, humano, siempre incompleto!- mostrar su fidelidad al Señor con la espada inútil. Sus camaradas dispersos. Su Señor en trance de muerte. Su rota promesa de no negarle. Pedro llora amargamente. ¡Oh dolor de aprender!
Pero el proceso no ha terminado. Ya resucitado, Jesús se manifiesta a unos pescadores, entre ellos a Pedro. Luego del gozo de reconocer al Señor y de recoger una pesca milagrosa , Jesús pregunta, no a todos, sino a Simón Pedro: ¿Me amas más que estos? Y se lo pregunta tres veces. ¿Puede un corazón negar y amar? Pedro se entristece. ¿Se puede confiar en alguien así? Apacienta mis ovejas.
No evoco más esta historia. ¿Para qué, si ya se que es viva y se repite? Yo también he confesado a Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Tú eres Pedro es una profecía.