Días después de las horrorosas visiones de Nueva York y Washington, continúan llegando imágenes y testimonios de la tragedia. Asimismo el análisis, las reflexiones oportunas sobre el impacto geopolítico, las causas profundas, los responsables, las implicaciones financieras. Sin embargo, nada es más importante que la tragedia humana que abofeteó a cientos de miles de amigos y familiares directos y que confirmó en millones, especialmente en el norte moderno y globalizado, en el Occidente que todos procuramos emular, que no hay refugio posible, que no hay lugar seguro. El mayor costo de la tragedia se paga en familia, en la intimidad, aunque los mercados caigan o los combustibles se encarezcan.
La organización mediática que es parte de la globalización nos pone en contacto con lo más impío de la perversidad humana. Quizá hasta premeditado resulta el lapso entre un golpe y el siguiente, a tiempo para la filmación y el registro fotográfico. Lo grave de esto es que al hacerlo, una y otra vez, en reiterada secuencia de terror en tiempo real, las visiones "en vivo" de la muerte infringida, la naturalizan. La tragedia humana se hace trivial.
Terrible, de siempre. La máquina que se funde en la mole de acero, las torres en pavoroso colapso se nos figuran miniaturas del estudio cinematográfico. Dentro, la tragedia humana siega vidas promisorias, corta vínculos sanguíneos, mata inocentes. Años atrás la noche de Bagdad se cubrió de luces multicolores captadas en vivo por la televisión global. En Israel o en las calles de Madrid, en Bogotá, caminantes desprevenidos se dispersan por el aire y todos somos mirones en la esquina por medio del vínculo satelital. Hoy es terrible, pero esto es de siempre. La tragedia humana queda detrás del espectáculo visual, de la oportunidad de la toma, de la admiración por el avance tecnológico.
Uno de los medios publicitarios más eficientes es la reiteración. Induce conductas de consumo o convierte en realidad amenazas falsas. La nota del terror reiterado nos curte en esa sensación de que la tragedia humana es una especie de prime time show , el programa de las 7 de la noche. Y quizás estemos dispuestos a comprar la idea de que violencia tan extrema solo puede ser contenida con igual intensidad.
Terror incomprensible. No está mal que tengamos conciencia de la magnitud del terror, de su insensatez. Nos confirma como siempre que no hay más política que la del diálogo y ninguna razón más allá de la paz. E incluso nos obliga a reflexionar con nuestra hija y nuestro hijo pequeños, no ya de los placeres del sexo y sus consecuencias, sino de la verdadera vulgaridad de la matanza indiscriminada, del desprecio de la vida humana, de esa real tragedia. Y ellos a reclamar que no hay información que los chiquitos puedan entender. De todos modos la tragedia humana no es comprensible.
Lo importante en mi opinión es resistir la trivialización de la violencia. Nada justifica la violencia. Que haya justicia y que haya paz. No solo para la tragedia humana que segó la conciencia de seguridad de Occidente, sino para todas las tragedias que cotidianamente atisbamos y nos resistimos a creer: el hambre y la enfermedad, la guerra declarada y oficial, la pobreza de las mayorías globales, la vida sin voz y sin salida. O como una víctima innominada pudo haber dicho en la llamada telefónica del último momento a su esposo, su madre, su hijo o compañera: sin voz y sin salida.