Más que una generación de nexo, los treintones estamos de puente entre los contestatarios del sesenta y sus anteriores y los niños del nuevo mundo de la individualidad vacua. Crecimos en un medio que resultaba todavía amable, pasamos por la revolución sexual en el momento en que nuestras hormonas amanecían, nos quisimos comprometer en un mundo de antípodas políticas y, apenas comenzábamos a medio entender de qué se trataba, cuando todo se acabó; nos sorprendió el auge de la telematización, pasamos miserias ajustándonos a sus leyes y -sin estar gastados, pero ya abandonando la primera juventud, en la edad del "a mí nunca antes"-, como adolescentes no definimos lo que queremos, ni rechazamos de facto lo que no queremos. No digo que todos los treintones estén igual, pero este desconcierto a algunos se nos nota en todo y en todas partes, a los que nos quedamos haciendo referencias a las caricaturas de Magoo y pensando que Travolta bailando disco es lo máximo; a los de entonces, a los que seguimos siendo los mismos, los de la cultura dispar, adictos a las tiras cómicas y a las tandas de cinco de la Sala Garbo; a los que tenemos enraizado lo setentista y su sicodelia y a Raquel Welch como símbolo sexual insustituible.
Me refiero a mi caso personal y al de los cuatro gatos que pasamos de los Chester al Derby sin toser y que terminamos la "U" con decenas de cursos inútiles en la práctica; a los que no nos ancaramamos en un puesto con posibilidades de corrupción (perdón: de ascensión), a los que seguimos abriendo la bocota creyendo que el mundo entero -incluidos los yuppies- nos oirá; a los que, sin llegar a los cuarenta, nos vamos encerrando, con pocos amigos verdaderos y menos gente para compartir, como los del final de "Farenheit 451", los de la cueva.
Sin duda, ¡qué derrotista visión de un mundo que aparentemente tiene sus dos mitades fuera de nuestro centro!
Como ver así las cosas tiene tufo a resentido, propongo abrir un club para treintones resentidos, por desubicados en todas partes. ¿Requisitos?: Ser los eternos hijos de padres y maestros que lo sabían todo y su cómo, su cuándo y por qué y, a la vez, sentirse una especie de nebulosa sin importancia para los que vinieron luego y ya nos ven como si perteneciéramos al Pleistoceno; también ser internamente rebeldes con o sin causa y haber tenido la oportunidad de agarrar un mundo pródigo en eventualidades y acontecimientos que, en su contradictoriedad, nos enriqueció a más no poder. Para entrar al club debe tenerse en cuenta que los ojos niños hayan visto el momento en que el Hombre holló la Luna... ¡y fue la aventura!; ser de los que conocieron la televisión siendo potranca y les costó menos amansarla cuando llegó a yegua (en todo el sentido de la palabra); haber cuestionado el imperialismo, pero calzado Nike y leído a Marx tomando Coca-cola. Tendrán cabida los tristemente privilegiados en seguir paso a paso Vietnam sin Amnistía, Oriente Medio con una profesora de Sociales que le tuviese pavor a las tormentas, y Nicaragua con y sin Somoza; los que aplaudieron el Nóbel de Oscar Arias, sobrevivieron a Calderón Fournier y pretendan hacerlo a Figueres Olsen, así como los que ya olvidan a Brezhnev y Reagan, pero no caen en el Dios de la pandereta. Ya tenemos carné aquellos a quienes nos tomó el pelo el Halley, pero nos vimos retribuidos con el eclipse de sol; los que no agostamos el sentido del humor en chistes, sino que lo completamos con anécdotas que sacan de quicio a quienes no las vivieron; aquellos a los que nos cuesta ubicarnos en alguna parte, pero que sentimos que hemos estado en todas, en un recorrido que nos permite sonreír como si fuéramos los únicos que lo hubiéramos transitado. Da gusto creerse así, como si uno fuera la última Pilsen del desierto... mientras no oímos que los mayores creen que ellos fueron la tapa del perol. Y el consuelo de llevarles ventaja a los menores, es ventaja flaca, porque pronto estarán con añoranzas y sumando desencuentros. Para entonces nos reuniremos todos en una misma mesa y será tan gratificante como lo es ahora la nostalgia tempranera, este pequeño territorio sabrosamente egoísta, que se aviva con los coetáneos en el medio del camino de nuestra vida.