La situación desigual de la mujer en sociedad es producto o, mejor dicho, legado de las creencias y prácticas de una cultura milenaria patriarcal. Pero a veces, cuando leo el periódico, me parece que existiera alguna conspiración moderna contra la liberación femenina. Escondido entre murmullos adultos sobre la supuesta inmoralidad de las afamadas (¿o infames?) ladies' nights, yace un machismo latente heredado de nuestros padres y abuelos, e inclusive de nuestras mismas madres, partícipes algunas en aquellas protestas sin brassière y embajadoras de la primera generación de pastillas anticonceptivas.
Hoy vivimos una dicotomía clara: a los hombres y a las mujeres se les mide con diferente regla, en todo aspecto de sus vidas.
Por ejemplo, es un hecho comprobado y aceptado que en el ámbito laboral, los hombres dominan el juego. Dejando de lado la segregación de los sexos por industria y tipo de trabajo: en industrias compartidas, no es secreto que los hombres ganan mejor en todo nivel, y que su carrera profesional avanza más rápida y exitosamente que la de las mujeres. ¿Es este un estado natural consecuente de la preferencia y decisiones de las mujeres: casarse, tener hijos y trabajar menos que su pareja (o, mejor aún, no trabajar del todo)?
Cuestionamientos reales. Yo no niego que las mujeres tengamos preferencias diferentes de las de los hombres y que nuestras propias decisiones sean causa directa de la gran divergencia que existe en el desarrollo profesional general de los sexos. Se debe cuestionar si nuestras decisiones son verdaderamente libres de sesgo, si las opciones entre las que las mujeres podemos escoger son iguales a las de los hombres. Si fuera así, ¿no sería más común que el padre de familia se quede en casa y críe a los hijos? ¿No veríamos cambios marcados no solo en la composición real del núcleo familiar promedio, sino en el estereotipo que lo describe?
Hablando de familia, quiero rematar un estudio que citó el señor Leonardo Garnier en su columna de hace algunas semanas. Dicho estudio ofrece prueba de que las mujeres de alta capacidad, las que ocupan altos puestos gerenciales, tienen menor probabilidad de casarse. A pesar de que el artículo en sí aspira a sonar feminista, cabe rescatar que el machismo en su comentario no está en la superficie, sino latente en el fondo de su idea principal. El artículo, y el estudio que lo inspiró, invitan abiertamente al lector a que sienta empatía por la pobre mujer que, después de luchar por su desarrollo personal y profesional, finalmente nunca logra realizarse como persona porque no se casa. Pero ¿quién dice que para realizarse como mujer hay que casarse? ¿Alguien preguntó a estas mujeres "solteronas" si eran felices? ¿Es menos probable que logren casarse, o más probable que conscientemente decidan no hacerlo?
A la antigua. Y ¿por qué a un hombre soltero se le llama con admiración "bachiller", pero a una mujer en iguales condiciones se le dice "solterona" en tono despectivo? ¿Por qué seguimos pensando que el hombre que sale por las noches a bailar, a tomar y, ¿por qué no?, a "ligar" es un gran macho, pero la mujer que lo hace es catalogada de fácil? ¿Será porque, chapados a la antigua, como sociedad esperamos un comportamiento más respetable por parte de las mujeres?
Barata es esta excusa. La ladies' night no molesta porque se espera que las mujeres demostremos mejor comportamiento que los hombres, sino porque se espera que nos comportemos de manera diferente de ellos. No escandaliza porque las mujeres debamos tener más altos estándares morales, sino porque se nos juzga con diferente parámetro. Igualdad de sexo será el día en que las reglas, expectativas y posibilidades sociales sean las mismas para todos. Bien lejos estamos.