Cuando la economía norteamericana muestra síntomas leves de debilidad, hay gran preocupación en Latinoamérica. En las últimas semanas han salido a relucir debilidades en dos frentes importantes: una en la parte real de la economía (desaceleración de la producción), y otra en el sector financiero (inflación). Las dos exigían medidas puntuales de corrección, pero en sentido diferente. Sin embargo, la Reserva Federal de los EE. UU. (FED) optó, esta vez, por no hacer nada. En la última sesión de su Comité de Operaciones de Mercado Abierto, celebrada el jueves pasado, dejó inalteradas las tasas de interés.
Tras un período de satisfactoria recuperación, la tasa de crecimiento de la producción real comenzó a dar muestras de debilidad en esa nación. Después de crecer a tasas reales superiores al 3% anual durante dos períodos anuales consecutivos, en el último cuatrimestre la tasa de expansión se redujo a un 0,7% (anualizada) solamente, como consecuencia de la contracción en el mercado de bienes raíces, cuyo acelerado crecimiento en años anteriores había venido impulsando la producción de viviendas y el consumo en general (los americanos se endeudan para consumir e invertir con base en la apreciación del valor de sus viviendas). Pero otros factores reales, como la tasa de desempleo (4,5%), se mantienen muy saludables.
Si la FED hubiera reducido las tasas de interés para estimular la inversión, como muchos esperaban, habría cambiado el sentimiento de los actores económicos hacia la inversión y habrían subido las cotizaciones en las bolsas de valores. Recuérdese que el valor de las acciones y los precios de la tierra suben cuando bajan las tasas de interés, pues su rentabilidad relativa compite más favorablemente con el valor del dinero. Pero la FED se abstuvo de hacerlo. En vez de apostarle a la bolsa y estimular la recuperación para mantener elevado el nivel de empleo, prefirió mantenerse vigilante sobre la inflación, que es, quizás, su principal variable de preocupación.
El índice subyacente de inflación en los Estados Unidos, que excluye los productos más volátiles, como petróleo y alimentos, había venido creciendo durante el último año para ubicarse en un nivel del 2,2% (anualizado). Eso es relativamente alto para un país desarrollado y dio motivos para que surgieran especulaciones (expectativas) de que la FED subiría en veinticinco puntos base la tasa federal de fondos para evitar un recalentamiento de la economía y aumentos en el IPC. Pero en la última reunión consideró que “la lectura de inflación subyacente había mejorado moderadamente en los meses recientes, pero que la preocupación predominante sigue siendo el riesgo de que la inflación no logre moderarse como se espera”.
¿Qué conclusiones podemos sacar de esta política ambivalente de la FED? La primera es que el panorama no está claro y, tampoco, las políticas que se pueden esperar en el futuro cercano. Por tanto, nuestras autoridades deben permanecer vigilantes de lo que pueda suceder. Si no se reducen las tasas de interés, la demanda agregada (consumo e inversión) permanecerán moderadas, por lo que no es factible esperar que las exportaciones costarricenses hacia ese mercado continúen expandiéndose como en los dos últimos años. Y es bien sabido que, a menores exportaciones, menor es el crecimiento de la producción, los salarios y el empleo.
Si suben las tasas de interés para controlar la inflación, es muy posible que los incrementos se trasladen (casi) en su totalidad a los mercados internacionales, incluyendo el nuestro, lo que presionará al alza las tasas activas y pasivas en nuestro sistema bancario y financiero. Aunque un alza inducida en el mercado costarricense quizás no sería tan grave en las circunstancias actuales pues las tasas se encuentran demasiado bajas y son negativas en términos reales.
Nuestra propia economía se está recalentando. Un ligero ajuste podría enviarles a los consumidores un mensaje de moderación y darles a los depositantes un respiro. Sin embargo, en todo caso, nuestras autoridades deben mantenerse vigilantes para responder con prontitud a las oscilaciones en las tasas de interés en el mercado americano y adoptar las medidas de ajuste que mejor se acomoden a la realidad nacional.