Es una tendencia natural del ser humano (no muy generalizada, pero siempre irracional) confundir los deseos (o los temores) con la realidad. Los que estudian estos fenómenos llaman a estos procesos: la falacia del wishful thinking (confunde sus deseos con la realidad) y falacia de la pendiente resbaladiza (confunde sus temores con la realidad). Una u otra tienen en común "pensar" que alguna situación va a pasar, simplemente porque puede pasar. Es evidente el engaño.
Ambas falacias tienden a obviar la existencia de otras situaciones también posibles de acontecer en la realidad. No siempre va a suceder lo bueno o lo malo, exclusivamente. La realidad es gradual. Puede que no pase nada, al igual que puede que pase algo mejor de lo que se esperaba, o bien, puede que suceda algo peor de lo que se suponía. Es decir, hay otras alternativas y esto lo olvidan muchas de las personas que discuten sobre la conveniencia de aprobar o no el TLC. Se olvidan de la realidad. Si se aprueba el TLC, dicen unos, nos va a ir muy mal, porque simplemente nos puede ir mal. Igualmente si se aprueba el TLC, dicen otros, nos va a ir muy bien, porque nos puede ir bien.
Esa ha sido la tónica y la túnica de las pobres y estériles discusiones sobre el tema, donde se han gastado miles y miles de palabras en confirmar los deseos o los temores de sus admiradores o de sus detractores. Es evidente el error en ambos casos. Lo que puede pasar, no quiere decir que siempre vaya a pasar efectivamente, ni para bien ni para mal. Inclusive las alternativas pueden combinarse en la realidad, como muchas veces se ha verificado empíricamente y acontezca que, algunas personas tendrán grandes beneficios, mientras otros claramente grandes perjuicios, así como otros no tendrán ni uno ni lo otro.
Los fines reales. El TLC no es ni bueno ni malo en sí mismo, dado que simplemente es un documento. Lo bueno y lo malo no está en el papel ni en sus palabras, sino en los fines reales que se persigan con la liberación o monopolización de bienes, servicios, recursos humanos, etc. Hay que estudiar si los medios planteados son eficaces para alcanzar esos fines. Se debe discutir su utilidad, enumerando consecuencias y ponderando las favorables de las desfavorables. Determinar si hay problemas y las soluciones económicas o sociales -si las hay- que lo hacen factible o inconveniente, y establecer sacrificios o provechos reales.
No debemos avocar nuestras mentes a los miedos o esperanzas per se, sino que es menester "tocar" la realidad, es decir, a los seres humanos involucrados, sus trabajos, sus recursos, sus ventajas y desventajas. Discutir sobre el TLC es como discutir por el plano de una construcción -si están bien trazadas las líneas "abiertas o cerradas", los espacios "ambientales", las puertas y pasillos de "libre tránsito" o los "techos y pisos" fiscales muy bajos o muy altos, pero todo lo anterior, sin tener la casa construida. El plano no es la casa. Aquel da solamente una idea general de cómo querríamos que fuera la casa, pero obviamente no es la construcción, y nada en el papel asegura que sea idéntica al final. La edificación real puede salir mejor o peor de lo que esperábamos.
El documento nunca sustituirá las transacciones comerciales reales, ni los bienes intercambiados o servicios prestados. Por ello, no hay que dedicarse casi patológicamente a estudiar lo bien o mal que se encuentra redactada una oración en el documento, sino la capacidad económica de nuestro país, sea para producir bienes y venderlos, como para consumirlos y pagarlos; o la capacidad educativa de generar recursos humanos de primera línea, en contraposición a la incapacidad de hacerle frente a las demandas laborales o sociales, todo esto entre otros muchísimos puntos reales de discusión, que son imposibles de enumerar aquí.
El papel no merece tanta atención, ni ser el único objeto de discusión, tal que desvíe nuestra mirada del mundo real. Considero que discutir simplonamente si el Tratado de Libre Comercio es un "Tratado de Libre Comercio" (si el TLC es TLC), es como decía acertadísimamente Shakespeare: ".el debatir qué cosa es la realeza, o por qué el día es día, la noche es noche y el tiempo es tiempo, no sería otra cosa que perder el día, la noche y el tiempo.".