Decía Ortega y Gasset que, como especie e individuos, los humanos hemos sido lanzados a esta vida sin consentimiento ni explicación. Pero, una vez aquí, desarrollamos una maravillosa habilidad para calibrar la secuencia de la vida e inclusive cambiarla, en alguna medida. Esto se logra mediante la poderosa y misteriosa noción de tiempo. Mientras más pienso sobre esta noción, más comparto el famoso planteamiento de San Agustín: "Entonces, ¿qué es tiempo? Si nadie me pregunta, lo sé; si trato de explicarlo a quien pregunta, no lo sé." Y sólo me atrevo a discutirla aquí porque nadie me lo está preguntando.
Cuando recibí mi título de graduación en la Universidad de Harvard hace veinte años, observé con curiosidad que tenía la siguiente leyenda encima de las firmas del Presidente de la institución y el decano de la facultad: "Por autoridad debidamente concedida a nosotros, hemos puesto nuestros nombres y el sello de la Universidad en el día diecisiete de junio del año de nuestro Señor mil novecientos setenta y seis y de la Universidad de Harvard trescientos cuarenta."
El próximo quince de setiembre, celebraremos con gran gozo y orgullo, el aniversario número ciento setenta y cinco de nuestra Independencia Nacional.
Las parejas de casados suelen situar los nacimientos de hijos y otros acontecimientos de la vida familiar con referencia a la fecha de su matrimonio.
Los individuos usan su edad para marcar temporalmente los sucesos de su vida personal.
Y hacen mucha gracia estas dos observaciones de Alvin Toffler sobre conceptualizaciones populares de tiempo: en Madagascar hay una medida de tiempo que la gente llama "una cocción de arroz"; y, en Inglaterra, había una medida conocida como "un padrenuestro", la cual era más o menos equivalente a otra designada como "una meada" (La Tercera Ola, cap. IX).
Tales usos de la idea de tiempo muestran que sirve para describir, entender y valorar un acontecimiento por comparación con otro, tomado como punto de referencia. Es decir, las medidas de tiempo permiten dar sentido al flujo de la vida. Sin embargo, para captar y aprovechar ese sentido en toda su riqueza, debemos comparar cada acontecimiento sucesivo con el acontecimiento de referencia en manera consciente y seria, no en forma mecánica y trivial.
La referencia al "año de Nuestro Señor 1976" y el "año de la Universidad de Harvard 340" en mi título de graduación invoca todo el conjunto de principios, creencias, valores y objetivos que han inspirado a los miembros de esa institución. A la vez, simboliza la esperanza de que el graduando los cumplirá y defenderá en todas sus actuaciones futuras.
Al celebrar el año 175 de Independencia, debemos recordar las grandes aspiraciones de los fundadores de la Patria: democracia, derechos humanos, justicia, dignidad, equidad, salud y educación para todos, así como voz nacional propia en la comunidad mundial. De igual manera, nos deberemos comprometer a conservarlas y enriquecerlas para provecho de nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos a perpetuidad.
El aniversario matrimonial trae a colación las solemnes promesas de un hombre y una mujer de amarse y cuidar uno del otro hasta que la muerte los separe. Cada acontecimiento de la vida familiar se interpreta, se valora y se proyecta con base en ese compromiso.
Cada persona juzga su trayectoria personal conforme a sus orígenes de cuna. A todos nos motivan y encauzan los sentimientos y expectativas que nos inculcaron en el hogar desde el nacimiento. Cada año que cumplimos es un recordatorio de ello y un desafío para dar lo mejor de nosotros en respuesta a quienes nos aman y necesitan.
La satisfacción de imperativos físico-biológicos, por más triviales o íntimos que sean, recuerdan periódicamente nuestra participación y unidad con la naturaleza. Nos sensibiliza a la ineludible continuidad y armonía entre los pequeños ciclos de la vida individual y el gran ritmo del universo.
En síntesis, la construcción mental que llamamos tiempo nos permite derivar orden del caos: distinguir, relacionar y unir los hechos de la vida. Permite a cada hombre o mujer percibir la vinculación de su ser con su fluir, su vinculación con otros, con la naturaleza y con lo desconocido. Nos permite formar consciencia de dónde estamos y hacia dónde vamos, para decidir, junto con otros, qué podemos y debemos hacer al respecto.
El tiempo es nuestro mejor instrumento de liberación. Y, al vedarnos la certeza de ser Dios, ¿será la envoltura en que El presentó a sí mismo el regalo de la humanidad?