Al igual que don Quijote -seco el cerebro por la lectura de las novelas de caballerías- Griselda y Rosalía, dos solteronas dominadas por las telenovelas, confunden a su héroe Mariano Rivas, con la realidad y lo secuestran para apropiarse de ese espejismo -realidad en sus tristes vidas, secas de afecto masculino, según el mensaje de la telenovela, y de las que huyen por el espejo hipnótico y mágico de la pantalla de televisión.
Tal es el inteligente y divertido argumento de la obra El erótico secuestro de Mariano Rivas, que, como excepción -notable en el panorama usual de vulgaridades de la cartelera teatral nacional- presenta actualmente el Teatro del Angel, protagonizada por dos actrices consagradas, Haydee De Lev y Ana María Barrionuevo, que reiteran su calidad dramática, y el tercero, Fabrizio Gómez, novel actor que luce una buena actuación.
La novela como forma de la ficción, siempre ha tenido un alto poder de evasión y hasta de alucinación; si no que lo diga el ilustre antecedente de don Miguel de Cervantes, que poco después de un siglo de la invención de la imprenta, tuvo que reírse a carcajadas del primer caso conocido de abuso de un medio de comunicación.
Alucinación colectiva. Pero, nunca como ahora la telenovela ha sido un medio de alucinación colectiva, porque al acogedor refugio de la ficción, une la atracción hipnótica que como medio electrónico ejerce sobre las masas, y el poder dramático que el suspenso de los "capítulos", hábilmente manejado, ejerce sobre el espectador, al cual además se le manipula mediante arquetipos de la mente colectiva, como el bueno y el malo, la mujer desamparada y su explotador, la bruja y el hada madrina, el pobre y el rico, el débil y el fuerte, etc.
El efecto absorbente es tal, que esclaviza a vastos sectores de la población que, mediante una hábil manipulación de su cerebro, entregan sus valores, sus afectos, y su mundo psicológico al paraíso artificial que ofrecen estos medios industriales de entretenimiento.
Pero, lo que es más grave, no sólo es una evasión de la realidad, sino que termina siendo una búsqueda de sentido para masas psicológicamente desamparadas, en una sociedad atomizada, en la que los vínculos con los grupos intermedios se disgregan cada vez más, y en la que el individuo queda cada vez más inerme como átomo social frente a los poderes centrales.
Antivalores. Estos últimos -de los que la televisión es uno de los más importantes- lo manipulan hábilmente utilizando sus debilidades, y los lugares comunes y mitos de la mente colectiva. Así sucede con la política, en que las masas populistas claman por sus explotadores, o con el público, predominantemente femenino, que sigue con delirio las telenovelas y su mundo.
El efecto es tal que cabe calificarlo como una epidemia de las mentes, en el mismo grado de la enfermedad llamada de las "vacas locas" en que un protovirus se come el cerebro y lo inutiliza. O de los virus informáticos, que se apoderan del sistema y lo ponen a su servicio. Peor aún, porque, además de esclavizar, en vez de sentido, brinda el sinsentido de un mundo de antivalores.
En el caso de las telenovelas dirigidas al público femenino hay un mensaje sutilmente machista (entendiendo por tal la distorsión del poder por el macho, en su beneficio) y de la peor especie, la grotesca del predominio puramente fálico.
Telenovela en la picota. Tal como esta inteligente obra lo presenta, Griselda y Rosalía, son manipuladas en sus sentimientos, para que crean que sólo ese varón perfecto de la telenovela, puede salvarlas de su miserable situación emocional, y que por ello deben hacer todo lo necesario -incluso el delito- para tenerlo a su lado. Por ello, cuando el protagonista queda sorpresivamente en cueros en el escenario, la obra lo que en realidad desnuda es esta manipulación basada en un sexo explotador. A su vez Mariano Rivas, el hombre perfecto de la pantalla, se revela como lo que en realidad es: un pobre diablo inflado por el aplauso y la publicidad, que no sabe qué hacer con su vida.
La telenovela en la picota. Así se podría llamar esta obra, buen ejemplo del teatro como expresión inteligente de pensamiento y crítica, en este caso, sobre los efectos estupefacientes de un entretenimiento que devora a sus entretenidos. Y que amenaza convertirlos en "mentecatos" en su sentido etimológico latino de "mente captus" o mentes cautivas, con propósitos interesados.