Opinión

"Tartufismo" y virtud

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Hay cierto tipo de gente cuyo mayor título de gloria pareciera consistir en su perfecta adhesión a una moral eminentemente negativa: no pecar, no dudar, no equivocarse, no hacer esto o lo otro. No es lo que hicieron, sino más bien lo que se refrenaron de hacer lo que define su paso por el mundo. En la rigurosa observancia de un código de prohibiciones y abstinencias diversas fundan el monótomo discurrir de sus pequeñas vidas. Y, claro está, es muy fácil no pecar cuando en primer lugar se rehúsa uno a vivir. Cierto que esta especie de hombres probablemente no desearán jamás a la mujer de su prójimo, ni se abandonarán a la embriaguez, así sea la del vino, la de los sentidos o la de la poesía, pero podemos estar seguros de que tampoco escribirán nunca la Divina Comedia, ni compondrán la Sinfonía Patética. Sus pecados son pequeños, a escala de sus vidas. No comprenden que para gozar de la belleza de los espacios constelados hay que haber tenido primero el valor de escrutar el abismo. Cuando un espíritu grande cae es, en cambio, como el desplomarse de una secuoya milenaria, que devasta y tritura todo cuando se encuentra a su alrededor.








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