Según la lógica que funcionaba cuando yo era niño, si una persona se llamaba Sandy llevaba necesariamente un apellido como O'Farril o McPherson y su pasaporte era irlandés o -como Escocia ya no era independiente- británico. Del mismo modo, Mark venía acompañado de Van Ness o de Sempels y sabíamos que era holandés o flamenco y, si por azar nos presentaban a José Joaquín Salvatierra Samayoa, de inmediato le pedíamos que nos recitara un poema o nos enseñara a jugar béisbol porque de seguro era nica y venía llegando de Matagalpa. Garriti Zuluaga no podía ser otro que un pelotari vasco, Fidelino Pérez Benalmádena calificaba de andaluz y se nos antojaba personaje de García Lorca, Bela Morosz --no podía fallar-- era entrenador o "goalkeeper" de la selección húngara de balonmano, y Guy Philipe Lechat era el peluquero francés que teñía señoras josefinas allá por el Paseo de los Estudiantes.
Por ello, a la hora de inventar nombres la cosa resultaba sencilla en una pieza teatral humorística que nunca fue representada, al director de orquesta, de nacionalidad griega, lo llamé Batutas Tarambanas, en un ficticio debate académico a un profesor belga le puse el nombre de Walenbuiten Leewenvlaams (fuera valones, Lovaina flamenca) y a un experto peruano en genealogía lo denominé Iván Galo Pando.
Hoy todo ha cambiado. Mientras fui profesor universitario, más de una vez tuve que revisar el examen de química orgánica de alguien como Gaylor Gutiérrez, Seikol Ramírez y Quiney Mora (adivinen el género), lo que me llevaba a lamentar el haberle hecho caso al amigo que, en mi juventud, me recomendó que no cortejara a una linda compañera de apellido Mas. "Si te llegás a casar con ella", me advirtió el aguafiestas, "serás padre de unos hijos apellidados Durán Mas". Aunque atiné a responderle que las tildes quedaban al revés, de todos modos me abstuve de galanteos y es posible que a causa de mi retirada sentimental exista actualmente un costarricense llamado Mariano Abarca Mas. Claro, esto último es mejor que llamarse Sansonite Mata Zavala o, como ya le podrían haber puesto a un chaval de San Antonio de Belén, Intel Mata Ríos. Y, aunque no me lo crean, es auténtica la historia según la cual, en un barrio de Alajuela, a una recién nacida no la bautizaron Dyetil Cetonna Barboza gracias a que el sacerdote es profesor de química en un colegio y tuvo chance de oponerse.
Pensaba en esto justamente cuando alguien me preguntaba con extrañeza si el nombre de pila Ariosto existe y pude contestar, con suma alegría y accidental conocimiento, que sí, que por dicha hay todavía quienes tienen el acierto de bautizar a un hijo con un nombre clásico como ese, perfectamente latino y ligado a la memoria de un gran poeta mediterráneo. Termina uno especulando sobre las razones que hay para no volver a aquellos sonoros nombres de pila españoles de origen celtíbero, griego o latino como Roderico, Eleuterio o Numa Pompilio, con los cuales se combinan a la perfección los apellidos Juárez, Rodríguez, Milanés y Pendones. Y ni qué decir de Brígida, Irenea o Lucrecia, nombres femeninos que, si van delante de Ramírez, Velázquez o Perezlindo dan ganas de enamorarse de cualquiera de ellas.
Pero no hay caso. Eleuteria significa, en griego, libertad, y la "pochísima" inclinación a lo raro hace que en vez de Libertad, o Eleuteria, a esa chiquita de Paso Ancho le hayan puesto Freiheid Fonseca aun cuando su segundo apellido sea ¡ adivinen!, Durán y no sea mi pariente.
Ahora bien, omitamos la protesta. Es posible que la abundancia de Gyovanhis, Meerthas, Rodineys, Eirmaíles y Webnets de apellidos Pérez, González, Víquez, Morales y Camino se haya originado en el arrasante fenómeno de la globalización. Y como el dogma establece que la globalización tiene que ser buena, comprendamos por qué Teodoro, Doroteo y Diosdado, nombres que significan "regalo de Dios", se han devaluado frente a denominaciones tan bellas y funcionales como Wolfgang (qué asco con Lupario), como Johann (al que no le queda Juan ni por los talones), o como Sterling. Este último nombre me recuerda a una señora de Alajuela que, por llamarse Argentina, tenía según yo uno de los nombres más hermosos de la provincia, con el delicioso agravante de que una de sus hijas se llamaba Francia. Casi no recuerdo por qué, pero entre los héroes de mi infancia figuraba un patricio filipino que se llamaba Diosdado Macapagal, y me habría echado a reír si unos padres "nueva onda" me hubieran presentado a su hija Dely Corella Maltés, pero, como se sabe, los gustos también se vuelven obsoletos y ¿quién se va a fijar en esa guapa vecina mía de nombre Amada Prendas Alzate?