Me gusta este adjetivo de lo “límpido”, como en el “límpido cielo” que se escuchó hasta en los supermercados, en el “Mes de la Patria”. Por grandísima suerte (comparado con la ciudad de México y Santiago de Chile), aquí la lluvia y el viento se encargan de limpiar esa bóveda. Siempre me ha llamado la atención el costarriqueñismo de un “terreno limpio”, despojado de árboles, “limpio para sembrar”, que en realidad revela un crimen ecológico.
Pero estoy por proponer que también cantemos al “límpido suelo” y por desgracia este no se limpia solito, ni con un limpión. En vez de tres tristes tigres, apenas como muestra aquí van tres tristes tantos: este transeúnte que recoge una bolsa de “chips” (¡qué bueno, pensé), pero en cuanto vio que no tenía nada adentro, la volvió a tirar.
Unos estudiantes, en uniforme, salen del Colegio Vargas Calvo y uno simplemente bota a media calle su botella plástica de refresco; no alcancé a decir nada porque en el grupo grande no se identificó a este líder en potencia, de la chusma se entiende; quizás anda limpio, pero en otro sentido (listo a mendigar “pa’ los pases”). Luego, un vendedor tira como pelota un cartón de refresco, ¡dale!, también hacia la calle; al picarle yo su nacionalismo con aquello de “¡eso no es construir Costa Rica!”, felizmente recogió el recipiente.
Es curioso, este país, donde por el uso constante de banderas y el himno, lo acabamos de ver, se pensaría que es una nación de verdad, una comunidad solidaria. ¡Nada de eso! Fuera del “todos con la Sele”…, el individualismo inveterado. Más de uno ya anda “limpio” del aguinaldo y hasta del alma. ¿Cómo provocar un “límpido cielo” más allá del himno nacional? No basta cantarlo, ¡hay que llevar sus consignas a la práctica, la diaria! Por favorcito, si no es mucha molestia, déjeme también un “límpido suelo”. ¡Qué bonito!
Penosa confirmación. ¿Cómo educar, por ejemplo, para que la gente sea no solo aseada de cuerpo, sino que tenga además un comportamiento de decencia en la calle y los lugares públicos? No es que la calle es de nadie: ¡es de todos! En la casa no se tiran papeles ni nada al suelo, ni se escupe en el piso, prácticas que han vuelto, sobre todo entre jóvenes, allí donde se habían erradicado.
Penoso resulta constatar que justamente aquí en esta gran meca de centros de enseñanza que se llama “San Pedro de Montes de Oca” es donde más florecen las bolsas con las tripas para fuera. Otra muestra, dolorosa, de que quizás el mal esté justamente no en la educación como tal, sino en la forma de educar.
¡Ah, qué maravilla de país si al “límpido cielo” le pudiéramos aunar el “límpido suelo”! La higiene pública, entendida con ello inclusive, a la postre constituye también un preciado regalo estético. En San José, ¿dónde y cuándo se perdió la “tacita de té” que elogiaba Rubén Darío?