Llegó la fecha esperada. Las amigas nos volvemos a reunir con el mismo pretexto que lo hemos hecho los últimos 15 años. Nos abrazamos y, en el calor de la cocina, nos regocijamos entre música, cante y parranda, nos abocamos cada una a tareas definidas, cada una adopta su papel culinario que tanta alegría nos causa: unas limpian hojas, otras adoban y cocinan las carnes, otra lava el maíz y la otra pone en remojo las amarras, para al día siguiente separarlas y hacer de las ellas el adorno del tamal.
En ese “quehacer tamalero”, algunas amigas nos visitan y en silencio nos ven en el trajín del trabajo; en otros momentos, entre olores de nostalgia, recordamos a quienes no están con nosotras. Esta costumbre comenzó casi sin darnos cuenta, de la misma forma que viene el tiempo navideño; nos preparamos para el reencuentro que llevará a nuestras familias el consabido tamal, que se ha convertido en el ritual de la amistad que nos une, y que, por lo tanto, forma parte de una comida tradicional propia de la mesa de nuestras casas en Navidad.
Navidad tica. El tamal no es solo lo que se ve, también es una celebración compartida, una fiesta navideña. Los alimentos son simbólicos, siempre hay que tenerlo presente. Cuando se come un tamal, no se está comiendo solo un pedazo de masa, con carne de cerdo, pollito, alcaparras, aceitunas, garbanzos, arroz, ciruelas pasas, pimiento asado, etc., se está mordiendo al símbolo de la Navidad costarricense, de la familia.
Como digo: estás mordiendo incluso a tus ancestros y, como dice un amigo cuando viene a comer tamal a mi casa, “Voy a comerme el alma de todos los ticos, encarnada esta vez en una piña de tamales”.
El tamal es algo singular, desde niños y niñas somos entrenados para diferentes sabores. Cuando se van probando los sabores de la Navidad, por lo general se magnifican en la vida adulta.
Porque es el recuerdo de los primeros vestidos, del estreno, de los zapatos que se usaron; y esos recuerdos están ligados a los del tamal, y, cuando se sienten estos sabores, se siente cada uno de estos momentos. Pero, sobre todo, nosotras nos hemos convertido, sin darnos cuenta, en el recuerdo de la familia, pues todos saben que diciembre y tamales con las amigas son dos actos inseparables.
Tamal del alma. Nuestro tamal no es cualquier tamal, es el tamal de nosotras. Es el tamal que tiene en sí el alma de nuestra amistad como ingrediente principal; por lo tanto, es un acto de magia, de amor, es nada más y nada menos que el resultado de la alquimia de la amistad gastronómica; por lo tanto, es también el alimento del alma.
El tamal es como una música armónica que trae frescura y nos hace recordar toda la infancia de un solo golpe.
Como las sinfonías de los grandes clásicos. Lo mismo sucede con el tamal, cuando se come, de golpe y porrazo se vienen los recuerdos de la infancia, la familia, pero, por sobre todo, de 15 años de amigas en el empeño de la amistad.
Eso nos hace sentir y recordar que es Navidad.