Por fin después de más de medio siglo, se están haciendo las investigaciones necesarias para aclarar cuál fue el papel jugado por la Confederación Helvética durante la II Guerra Mundial, aunque ha sido una iniciativa hecha por presiones internacionales y no por cuenta propia. Hoy día la opinión pública internacional exige que Suiza aclare su participación durante la II Guerra Mundial, que haga una nueva lectura de su historia. Es necesario que las nuevas generaciones suizas conozcan las "zonas oscuras de su pasado". Siempre fue un secreto a grandes voces que Suiza no había sido tan neutral en la pasada guerra mundial, siempre se dijo que amplios sectores de la sociedad suiza habían simpatizado y hasta apoyado a los nazis y que en más de una ocasión la Cruz Roja Internacional había servido para ocultar las abominables prácticas de exterminación en los campos de concentración que cubrieron parte de Europa entre 1936 y 1945. Una broma muy repetida en Suiza en los últimos años dice que "los suizos trabajaban durante seis días a la semana para el III Reich y que el séptimo lo dedicaban a rezar por la victoria de los aliados" y que en los años de guerra, los suizos siempre rechazaron en sus fronteras a los judíos u otros seres humanos miserables que llegaron al país en busca de asilo.
En Suiza siempre ha sido tabú cuestionar las instituciones políticas, sociales y bancarias, desde la declaratoria de neutralidad por la potencias europeas en 1815, el pequeño país alpino ha jugado con su neutralidad de acuerdo con sus propios intereses y con los de sus bancas internacional y nacional. Las enseñanzas suizas de la historia oficial, que el país durante la II Guerra Mundial estaba rodeado de enemigos, están cambiando para convertirse en un sentimiento de vergüenza nacional. La neutralidad suiza se pone históricamente en entredicho. En la I Guerra Mundial, los suizos tomaron una clara posición en el conflicto a favor de Italia, pero siempre lograron cubrir sus acciones con un manto de legalidad; más tarde, en vísperas de la II Guerra Mundial, los suizos fueron los que proporcionaron las armas a la Italia fascista para su conquista africana y siempre lo justificaron alegando que lo contrario significaba paro y falta de recursos para su población. Ya durante la II Guerra Mundial, Suiza se convirtió en la más extraordinaria "lavandería" de oro, dinero, obras de arte y otros bienes expoliados no sólo a los judíos, que fueron los que más sufrieron, sino de todos los demás sectores sociales que fueron víctimas de los nazis en esos oscuros años de terror y muerte.
Todo el oro de las reservas de los bancos centrales de Holanda, Bélgica, Hungría, Checoslovaquia, Albania y Yugoslavia fue a parar a los bancos suizos. Se calcula que cerca de $550 millones de los de entonces, que equivaldrían a unos 6500 millones de hoy día, se enviaron a Suiza donde era convertido en dinero que servía para comprar materia prima y alimentos para la Alemania nazi. En 1946, los aliados, a través de los llamados Acuerdos de Washington, obligaron a los suizos a contribuir en la reconstrucción de Europa, pero ellos se las arreglaron hábilmente para entregar solamente el 12 por ciento del oro que se había comprado al III Reich. Aunque sobre esto último hay fuerte polémica, ya que la Banca suiza dice que se entregaron $388 millones de la época, y algunas investigaciones norteamericanas y británicas dicen que la cantidad fue menor. Fuera mayor o menor la cantidad, no tiene importancia; lo importante en estos momentos es aclarar el asunto con los fantasmas del pasado para verificar cuál fue el verdadero papel desempeñado por la Confederación Helvética durante los pasados conflictos mundiales. Además, todo lo anterior nos lleva a otro aspecto que también está discutiéndose internacionalmente: el hecho de que el secreto bancario suizo ha permitido que todos los dineros sucios de este mundo hayan ido a parar a ese país. Las colosales fortunas de los dictadores africanos (Mobutu), asiáticos (Marcos), y latinoamericanos (Perón, Stroessner y Duvalier) están en Suiza, país que además no reconoce el fraude ni la evasión fiscal como delitos. Sin embargo, es justo reconocer que en los últimos años, aunque también por presiones internacionales, los suizos han colaborado con las autoridades extranjeras para detener los dineros provenientes del narcotráfico y la corrupción.
Paradójicamente, el secreto bancario fue elevado a rango de ley en 1934 para proteger a los judíos amenazados entonces por las primeras persecuciones nazis. Las autoridades bancarias suizas sostienen que todo el alboroto provocado con el dinero y el oro judío obedece a una campaña sucia de británicos y norteamericanos, a su especificidad y a todo lo que tenga que ver con el secreto bancario y asuntos fiscales. Esto es un argumento muy débil. La situación ha llegado a este extremo, porque por primera vez se han consultado una serie de documentos que estaban protegidos anteriormente por el secreto de Estado.
El Gobierno suizo y las autoridades bancarias han prometido llevar a cabo una investigación "definitiva, exhaustiva y transparente", para esclarecer el destino del oro, el dinero y las obras de arte supuestamente depositadas en los bancos suizos. Dicha comisión, compuesta por 12 personalidades independientes, todas ellas suizas, sujetos al principio de la confidencialidad absoluta, se integrará a principios de 1997 y deberá rendir un informe antes de que pasen cinco años. La susodicha comisión tendrá como mandato no solo escrutar las entidades bancarias, sino también a todo aquel que hubiera tenido parte en el reciclado de los valores, como abogados, notarios, compañías de seguros, empresas y otros. No dudamos del resultado honesto de esta comisión, pero además es necesario que se aclare históricamente el papel de este país en relación con la Alemania nazi. Durante medio siglo en varios países de Europa se ha vendido una historia oficial que nos dice hasta la saciedad que el nazismo y el fascismo fueron producto de dos o tres hombres con nombre y apellido y que el pueblo fue obligado a seguirlos. Los europeos o muchos de ellos se olvidan de que muchas veces sus silencios y sus actos son una señal de aceptación. Ciertos hechos históricos no deben olvidarse y se debe luchar contra el olvido y contra el manejo utilitario de la historia.
La historia debe ser transparente y no estar llena de mitos. Suiza es un país que siempre ha vendido una verdad "por encima de toda sospecha". La polémica sobre el papel de Suiza en la II Guerra Mundial no tiene nada de retórica. El debate, sin duda, servirá para que el país helvético revise no solo su pasado, sino su papel hoy día en el escenario internacional, porque, como nos dice André Gorz, uno de sus historiadores, "Suiza no existe. Es un Estado que constantemente se sustrae a la toma de posición internacional, que rehúsa tomar partido y niega a veces la realidad de los conflictos que desgarran a los hombres y a los pueblos".
Ginebra, noviembre de 1996