Qué esperamos cuando el Presidente de la República designa a su Gabinete? Que nombre a los más idóneos, a gente con verdaderos deseos de trabajar, con disposición de mística y absoluta probidad.
Pero de ninguna manera se le puede exigir a los designados un voto de subsistencia mínima; que dejen su profesión, oficina o empresa a cambio de un salario exiguo para pasar a desempeñar funciones de suma responsabilidad, a tiempo supercompleto, sin disfrute de vacaciones (porque un ministro no se puede decretar un receso de una quincena o un mes).
Tiene razón el nuevo titular de Hacienda, Leonel Baruch, al defender un reajuste para ministros y viceministros. ¿Usted aceptaría por un salario base de ¢213.250 ó ¢172.150 mensuales?
Es importante, a la hora de analizar los estipendios para esos funcionarios y otros (diputados, magistrados, etc.), despojarnos de la demagogia. La reacción acostumbrada es a decir ¡no! cada vez que se plantea un posible incremento. En esto la prensa tiene su cuota de culpa, pues a menudo el tema se trata con suma ligereza, con prejuicio.
Los llamados a ejercer tareas de alta responsabilidad en el aparato estatal deben recibir un ingreso que compense lo que los economistas llaman el "costo de oportunidad". Un salario que, además, reconozca las calidades profesionales y personales, en lugar de una suma simbólica que más bien parece un castigo.
De ninguna manera debe malentenderse que estamos pugnando por sumas que rivalicen, cinco por cinco, con las que se ofrecen en el sector privado. Ello por cuanto el fisco no tiene la flexibilidad ni la plata para competir. Pero tampoco que exista una brecha tan grande como ocurre hoy.
En fin, no se trata de caer en excesos, como los de aquel presidente ejecutivo que cobraba al Estado hasta los tiquetes de peaje que pagaba en su ida y venida al despacho.