Un cielo en blanco y negro en el que se habla francés se enfrenta a un rojizo infierno en el que se habla inglés… pero es en español en que revienta la batalla en el terreno de esta colorida tierra nuestra de cada día. Un gángster lesbiano que busca ascender en los círculos del averno, un boxeador fracasado y machista que duda entre volver a boxear y el perdón de su madre, y un ángel de abril que canta sensual en un cabaret divino, entrecruzan sus caminos en la contienda y entablan otras tantas broncas con los dueños de un supermercado que es mampara del lavado y con un prestamista usurero apegado al calendario y la cachiporra. Y todo esto mientras una revuelta infernal –una rebelión de los ricos, que son las más peligrosas– le ofrece salida, como de milagro, a la peripatética crisis de un cielo que amenaza con quedarse vacío y en el que no se tienen, siquiera, noticias de Dios.
Es una de esas raras películas que igual puede recomendarse a quienes solo gustan de ir al cine a gozar, a reírse con ganas, a pasarla bien… como a quienes prefieren el cine de fondo, crítico, profundo, problematizador. Esta película del español Agustín Díaz Yanes da para todos y da de sobra. Nunca deja de sorprender, nunca deja de divertir… y nunca cierra totalmente la puerta: las preguntas van quedando ahí, incómodas, eternas. Mientras tanto, los buenos y las malas, las buenas y los malos… se van turnando y transformando en una vorágine de situaciones tan imposibles que parecen reales y mundanas. ¿O serán, más bien, tan reales y mundanas que, por eso mismo, preferimos pensarlas imposibles?
Nuestro mundo y nuestra vida –incluyendo, por supuesto, nuestra muerte– se reflejan con toda su ambigüedad y en todos sus extremos en los pedazos de cielo y de infierno que chocan y se confunden en esa dramática y ridícula batalla entre el bien y el mal, batalla entre primos y hermanos en la que nunca se tiene muy claro quién es quién ni cuál es cuál… y en la que nosotros mismos nos sentimos –porque somos– parte de esa trama sensual, violenta, angustiante y siempre, siempre divertida porque, si no, se nos haría insoportable. Así que nos reímos, jocosamente, nerviosamente, conforme nos reconocemos en cada escena.
Lo único que no me gustó fue el nombre – Bendito Infierno – con que finalmente distribuyeron la película. Me gustaba más el título original – Sin noticias de Dios – que, aunque menos comercial, reflejaba mejor las angustias de la película y de nuestras vidas, sobre todo en estos tiempos que vivimos, en este principio de siglo que parece devolvernos, con todos nuestros avances informáticos, genéticos y nano-tecnológicos, a los momentos más oscuros de la historia humana. Y así, a retazos, con irreverencia y desparpajo, nos lo va restregando en el alma –es un decir– esta cinta por la que desfilan, ligeramente disfrazados, pero fácilmente reconocibles, los personajes que a diario vemos en los diarios, en los noticieros y en la calle: los poderosos intercalados con los más inocuos, pero igualmente humanos caracteres, siempre cambiantes, todos, oscilantes en la batalla… ¿Quién es quién? La película termina en latín, rescatando un frágil equilibrio… ¿O será que apenas empieza?