El solidarismo costarricense, fruto del desarrollo social y político de nuestro país, celebró ayer su día con un foro nacional, en el que participaron sus asociaciones, dirigentes e instancias principales de dirección y promoción, tanto del sector privado como del público. Este sentido de unidad, de trabajo en equipo y de comunión de ideales y prácticas fortalece a este movimiento típicamente costarricense en esta hora de dramáticos desafíos para nuestro país. Esta organización social, por sus principios, por sus notables resultados, por su expansión y por su repercusión en la economía nacional tiene un papel singular en el país.
El solidarismo nació en 1947, en horas críticas para Costa Rica, gracias a la visión de don Alberto Martén, deseoso de convertir un planteamiento teórico, el solidarismo, como él ha dicho, en un movimiento práctico, operante y de gran porvenir. Su fórmula original: el aporte del patrono y del trabajador, en beneficio de este, gracias a un mecanismo especial, fue el inicio de un encuentro, mucho más allá de lo económico, entre ambas fuerzas del trabajo. Luego, a partir de la creación de la Escuela Social Juan XXIII y la decisión de su director, presbítero Claudio Solano, de promover el solidarismo, a la luz de la doctrina social de la Iglesia, este movimiento se estableció en muchas empresas y sentó sus reales en la zona atlántica que, por más de 20 años, ha gozado de paz laboral en las fincas bananeras. El secreto del éxito solidarista se compagina con el estilo democrático adoptado secularmente por nuestro país: la colaboración en lugar de la confrontación. Cuando nos hemos extraviado de este sendero y del imperativo del bien común, hemos pagado caras las consecuencias.
Las estadísticas sobre el solidarismo son notables: unos 300.000 trabajadores afiliados, tanto del sector privado como público; un capital, por ahorro del trabajador y adelanto de cesantía, de $1.350 millones; una contribución sustancial en la lucha contra la pobreza, tasas de interés más favorables para los trabajadores, un amplio despliegue de servicios en salud, vivienda y educación, en beneficio del trabajador y de la familia; generación de empleo, impulso del empresariado, administración de fondos de inversión, títulos valores y acciones de empresas, y otras actividades. El paso siguiente debe ser impulsar la creación de propietarios mediante la participación en el accionariado de las empresas donde se ha establecido el solidarismo, así como llevar a cabo programas formativos o educativos sostenidos en el campo del desarrollo humano. La confluencia del desarrollo económico y social, y del crecimiento personal constituye una característica del solidarismo que no debe, en modo alguno, separarse.
En los últimos años, por problemas económicos del país y por la promulgación de la Ley de protección del trabajador, que afectó al solidarismo, ha disminuido el número de asociaciones solidaristas. El solidarismo costarricense debe poner atención a este hecho y aprovechar, más bien, el impulso de las inversiones, que esperamos se derive del TLC con EE. UU., para su fortalecimiento. En este sentido, el respaldo reflexivo dado por el solidarismo al TLC y al proceso de apertura del país es signo de su determinación de ver hacia delante y de no arredrarse ante los retos actuales. El prestigio nacional de que goza este movimiento y el apoyo recibido de todas las instancias políticas, religiosas y empresariales, salvo algunos grupos aferrados a intereses ideológicos estériles, agranda su responsabilidad con el país y el horizonte de sus posibilidades.