Después de planearlo por más de un mes, y gracias al convencimiento de mí esposa, Sylvia, y mi hermano Carlos, decidí, junto con mi hijo Daniel, participar en la carrera de 10 kilómetros en la arena, bien llamada Sol y Arena a realizarse en Puntarenas el 13 de marzo del 2004.
Desde el inicio nos sorprendió la gran información que pudimos obtener a través de Internet sobre la carrera. Nos inscribieron en San José ya que no había posibilidad de inscripción para extranjeros a través de correo electrónico. Al llegar a Puntarenas el viernes 12, procedentes de Managua, y ya con los papeles de inscripción que nos llegaron desde San José, fuimos a recoger el resto de la información y el chip, que iba a usar por primera vez, a pesar de haber corridos otras carreras tiempo atrás en Costa Rica. Lo del chip para contabilizar el tiempo exacto culminó con lo impresionados que estábamos de la organización de esta tan esperada competencia deportiva.
Un mar de gente. Esa noche nos deleitamos con un plato de pastas al natural, preparado en un restaurante que tiene de vista el mar sobre la calle principal (costanera). Nos acostamos temprano pues también estábamos cansados por las 6 horas de manejar desde Managua. Nos levantamos relativamente temprano y, desde ese momento, sentí otro ambiente en Puntarenas: todo era la carrera, participantes desde tempranas hora de la mañana desayunaban sano, otros estiraban y todos, estoy seguro, se preparaban mentalmente para el gran momento. Ya a la 1 p. m., muchos buses trasladaban a los participantes al sitio de salida que era en la parte de la costa del hospital Monseñor Sanabria. Nos hicimos presente a eso de las 2 p. m. El mar de gente era impresionante: familias enteras estimulaban a los suyos a que dieran lo mejor, apoyando en forma incondicional a sus amigos o familiares. Me impresionó ver participantes de todas las edades: niños, adultos mayores, etc.
Al ubicarnos en la salida, donde los organizadores estiman que había alrededor de 3.400 competidores, sentí una energía especial que me hacia pensar en lo importante que son estas actividades para el ser humano y para el núcleo familiar, sentí un lazo especial con mi hermano, con mi hijo y con cada uno de aquellos desconocidos que participaban; en definitiva una corriente positiva de sí a la vida y un no a todo lo que la dañe.
Llegar a la meta. Al iniciar la carrera y desplazarnos por los 10 kilómetros en la costa sentí una brisa fresca, un sol radiante (para mí no hizo calor pues centré mi esfuerzo del entrenamiento en eso, correr alas 12 del mediodía con 34° C., en Managua) y un gran compañerismo entre los participantes y del publico hacia los corredores. En todo momento hubo gente brindando asistencia, los competidores nos estimulábamos unos a otros, la Cruz Roja estuvo siempre presente, pero lo que más sentí fue un espíritu único de lograr una meta, a diferentes niveles, pero una meta en común: llegar...
Después de llegar a la meta y recoger la medalla de participación y la camiseta de recuerdo, ya no era el mismo, y mi hijo, menos; ahora nos considerábamos otra especie de ser humano, un poco diferente: aquellos que también logran cumplir sus metas en el área del deporte. Pero mi hijo y yo sentimos algo todavía mas intenso: el saber que, a pesar de las limitaciones existentes en nuestro país para estimular el deporte, a pesar de la poca costumbre que tenemos en Nicaragua para la práctica de este y a pesar de la distancia, lo habíamos logrado. Al llegar a Nicaragua después de un fin de semana intenso, Daniel y yo no somos los mismos.