
Nada hay tan difícil en la vida como decir "esto es bueno" o "esto es malo". El juicio ético nunca fue, a decir verdad, cosa fácil de proferir, pero hoy nos hemos enredado a tal punto en nuestra propia sofistería, que ya no podemos defender ningún código moral sin que corra alguien a "cortarnos la hierba bajo los pies", a descalificar nuestra posición a punta de retruécanos y filigranas teóricas. Algunas de ellas merecen toda nuestra atención, otras no son más que sofismas y peligrosos paralogismos.
Para Hume, la verdad moral no es verificable empíricamente y no puede ser probada a través de la lógica ni de la razón. La afirmación "matar es malo" es meramente subjetiva, tiene validez únicamente en la esfera psicológica, y no puede sustentar ninguna forma objetiva de conocimiento ético.
A. J. Ayer radicaliza esta concepción. Para él toda discusión en torno a la moral es fútil e irracional. La venerable ética se reduce a decir "¡Búuu!" o bien "¡Hurra!" -es decir, emotividad pura- ante cada acto que realizamos. No existe una verdad ética universal, sino tan solo una serie de abucheos o de vítores, de reacciones puramente primarias con que censuramos aquellas acciones que nos desagradan y celebramos las que nos gratifican.
Inevitable angustia. A Sartre le preocupa más la libertad de la elección ética que su naturaleza. Ninguna normativa moral puede venir al rescate del hombre que se ve confrontado a la responsabilidad de tomar una decisión de orden ético. Decidir desde la libertad acarrea inevitablemente la angustia: no hay alero ético bajo el cual cobijarnos para no experimentar la intemperie metafísica a la cual estamos librados. Para Camus nadie tiene derecho de hacer las veces de juez en un mundo en el que todos, por definición, somos penitentes. Freud complica aún más las cosas: la moral reposa, en buena medida, sobre la supresión de nuestras más oscuras pulsiones, como una ciudad que duerme apaciblemente sobre una colina, ignorante de que una incoercible columna de magma puede en cualquier momento transformar la cima en volcán. ¿Cómo podemos hablar de moral o de libertad cuando estamos a merced de un océano subterráneo presto a estallar en el momento en que menos lo esperamos?
Lyotard y Derrida dinamitan la razón, basamento de toda ética; es precisamente su culto supersticioso el que ha llevado al hombre a infligirse a sí mismo todo el dolor de que la historia guarda registro.
Pretenciosa moralina. Para los pensadores posmodernos, el capitalismo ha logrado convencer al mundo de que una sociedad capitalista es "natural" y está regida por el "sentido común". Su ética sería "natural", y tendría por base un "sentido común" irreductible a toda crítica. La ética capitalista se legitima a sí misma en nombre de la naturaleza, de una supuesta esencia inmodificable del hombre: animal "naturalmente" territorial, acumulador y hegemónico. La burguesía ha sustituido la moral verdadera por una moralina de pretensiones universales que, en lo sustantivo, no pasa de ser una miope normativa de la conducta sexual.
El relativismo ético ha despertado suspicacias que sin duda son saludables, y ha tenido el mérito de desenmascarar la voluntad de dominio que, en nombre de valores "universales", justificó la hegemonía de los imperios. Pero está claro que no podemos quedarnos ahí. El momento ha llegado, si queremos ser capaces de convivir en el mismo planeta, de construir una síntesis, una nueva forma de universalidad ética. La esencia misma de los derechos humanos reposa sobre esta posibilidad. Parafraseando a Malraux, cabe afirmar que el siglo XXI será ético o no será. Esta ética, por lo menos en lo atinente a ciertos principios básicos -respeto a la vida, libertad, justicia, conciencia ecológica- tendrá que ser la misma para todos. Y lo más importante: a estos prestigiosos significantes deben corresponder aquí como allá los mismos significados: la libertad es un valor transcultural, invariable, idéntico en la Patagonia como en la Conchinchina. Universalidad de los principios éticos fundamentales dentro de un mundo de diversidad: he ahí el más perentorio desafío que el mundo enfrenta. Sobrevivir es convivir, y convivir es establecer un régimen de armonía dentro de la gran disonancia del humano vivir.