Mi amigo Leonardo Garnier hizo referencia, hace un tiempo, a un artículo mío que contiene tres ideas principales: graffiti, poesía y ciertas propiedades matemáticas de algún tipo de ella, si es que merece este nombre.
Parece interesante, a la luz de lo expuesto por Leonardo, delinear un poco mejor las ideas que mencioné: Graffiti. Lo único que se puede discutir en este caso es la conveniencia o pertinencia de estos y no su "contenido" y tampoco su forma, ya que estos varían desde "statements" del tipo "fume hierba", pasando por frases un tanto gruesas y reñidas con la moral burguesa, siguiendo con los slogans, tanto de políticos burgueses como camaradescos, y llegan hasta frases que, a gusto de algunos, pueden ser considerados como poesía.
En primer lugar, creo razonable afirmar que antes de "graffitear" una pared habría que pedirle permiso al dueño. Considero que nadie tiene derecho a manchar una pared con palabras o de cualquier otra manera sin consentimiento de su dueño. En caso contrario, creo que el propietario tendría derecho de llevar a los tribunales a cualquier "graffiteador", sea este simple marihuano, camarada o "poeta".
Claro que hay paredes que no pertenecen a persona física alguna. Sobre todo las paredes de instituciones públicas, por ser "públicas", podrían ser "graffiteables": Asamblea Legislativa, ministerios, museos y puentes (estos últimos han tenido la dicha o la desdicha -según el punto de vista- de ser "graffiteados" frecuentemente). Desde luego que a esta lista podríamos agregar todas aquellas paredes pertenecientes a personas interesadas en los graffiti. Todo aquel admirador de este género, debería, pues, poner a disposición de los "graffiteadores" las paredes de su casa, negocio, oficina o almacén. Además de esto, sería interesante que los "graffiteadores" se "autograffitearan", o sea, que mancharan sus propias casas. El hecho de que no lo hagan resulta, en sí, sospechoso. Por mi parte, me reservo mi particularísimo derecho de considerar los graffiti innecesarios e inconvenientes. Si estos, por alguna razón (bien fundada o no) deben existir, está bien, ¡pero no en mi pared!
Poesía. Entramos aquí en un terreno difícil. ¿Qué es poesía? Podríamos buscar una definición en algún diccionario. Aunque las definiciones y ejemplos que aparecen en algunos de ellos favorecerían mis ideas sobre este asunto, no creo, sin embargo, que ningún diccionario pueda dar alguna respuesta definitiva al problema que nos ocupa. Le reconozco a mi amigo Leonardo que la palabra "clásica" es ambigua, tanto aquí como en la música, al igual que otros campos. Así que quitémosla. Diré, entonces, que prefiero aquellas poesías que han resistido la prueba del tiempo, que han sobrevivido a modas, ideologías y diferencias de gusto y enfoque. El ejemplo (y no un ejemplo) es Homero. Su Odisea ha vivido por más de dos milenios, vive y probablemente seguirá viviendo por su perfección formal (en griego), sus profundas enseñanzas y por la belleza del relato. ¿Habrá algún poeta mejor? Si lo hay entonces ¡ándra moi énnepe..."!, o sea, "mencióname al hombre..." (comienzo de La Odisea). De lo escrito recientemente, tendería a preferir aquello, que por su relevancia en forma y contenido se asemeje a aquellas grandes obras que han superado el paso del tiempo. Por mi parte, no soy muy proclive a lo desechable. No me interesa ni la música desechable y tampoco la literatura o la pintura de este tipo.
Pasemos al tema principal de mi artículo anterior, o sea, a ciertas propiedades matemáticas de cierto tipo de poesía. Aquí no interviene la estética. Si estudiamos las propiedades matemáticas de funciones de variable compleja, grupos abelianos o números, no nos estamos metiendo, y difícilmente podríamos hacerlo, en asuntos relativos a la estética. Estamos estudiando relaciones abstractas a las cuales, difícilmente, podríamos agregarle el calificativo de hermosas o feas. La estética no es un problema matemático. Lo que sí me pareció interesante es observar en algunos poemas "graffitosos", que el orden de las palabras que aparecen en ellos es intercambiable, obteniéndose, de esta manera, otro poema que no tiene ni más ni menos sentido y que no es ni mejor ni peor que el original. O sea, resulta, entonces, que tales poemas son invariantes respecto a tal tipo de transformación, sean estos relevantes, irrelevantes, inteligentes, tontos, cultos o pueblerinos. En cierto modo, y si prescindiéramos totalmente del significado de las palabras que la componen, caeríamos de narices en un problema de la llamada "Lingüística matemáticas", en el cual se estudia, entre otras cosas, las palabras, como simple sucesión de letras, valiéndose para ellos del concepto de "estructuras algebraicas libres". Así, al referirme a tal invariancia, me refiero a un asunto meramente formal y no hago (ni quiero hacer) ninguna referencia a asuntos relativos a la estética.
Para finalizar diré que, por mi parte, la poesía de mi agrado, prefiero verla en un libro bien encuadernado, en buen papel, tipográficamente hermoso y, de ser posible, con unas excelentes ilustraciones. Buenos ejemplos serían: la edición hecha por Gallimard de la traducción de Mardrus al francés de las Mil y una Noches , ilustrada por Kees van Dongen, las ilustraciones hechas por Doré a Don Quijote, Les Oeuvres Complètes de François Villon (Terres Latines), Die Römische Elegien de Goethe ilustradas por Max Schwimmer (Franz Decker Verlag) o The Complete Works of Shakespeare ilustradas por Rockwell Kent (Garden City). Ciertamente, prefiero esto a ver poesía de mi agrado escrita sobre una pared con un grafismo que no muestra ni estética ni grafológicamente ningún rasgo interesante, del mismo modo que tampoco me agradaría oír las 32 variaciones sobre "Les folies d`Espagne" de Marin Marais para viola da gama y continuo en un supermercado, entre laterías, verduras y artículos para limpieza.