Muchos opinan que el silencio es una especie de témpano. De ahí que "romper el hielo" sea la mayor consigna de los habladores.
Veamos lo que pasa en una fiesta, por ejemplo. ¿Usted observó que allí estamos obligados a un ejercicio vocal continuo? El que no habla es un traidor. ¿Y el que habla? Bueno, este será el centro, no importa lo que diga, siempre que termine afónico.
La misma compulsión ataca de golpe a señoras y señoros que hacen fila ante una ventanilla o comparten los minutos huecos de una sala de espera. El asunto es producir vibraciones con la boca.
Y también nos saludamos Ðholaquetal, bienivósÐ de memoria. Lo que es un modo de ignorarnos olímpicamente.
Así es como la vida se tiñe de gris. ¡Ah, la ruidosa (im)personalidad de los franco-habladores! Por culpa de ellos, la existencia parece un dibujo repetido y hasta llegamos a creer en la reencarnación: "Yo ya estuve aquí, hace tiempo", musita el ego invisible cada vez que acudimos a una fiesta, al banco y a la cita médica, o topamos a un conocido de la vecindad.
Un estado propio. El silencio no es igual a una pausa entre dos ruidos; no implica morderse los labios, callar, cometer un pecado de omisión. No: es un estado propio, de identidad definida, que nos acompaña adonde vayamos, aquello que está antes y después de habernos expresado.
Rebosamos de silencio, amigos: el silencio nos colma y cada uno trata de manifestarlo por medio del lenguaje. Conviene saber, claro, que nuestro silencio tiene cosas inexpresables, paraísos no transitados, infiernos por demás temidos. No seamos incautos.
A la altura. Por todo lo dicho, habría que honrar este magno silencio sacando de él palabras, frases y discursos de noble trascendencia, cálidos, traviesos, de buena malicia, placenteros y lúdicos que exalten la comunicación, el goce pleno de asuetos y labores cotidianos y se opongan a la malversación de tan precioso capital.No sé cómo funciona el punto entre animales, plantas y piedras (los animales, según Walt Whitman, se hallan a la altura), pero el hombre sí debiera tener presente lo inefable de la mudez que lleva adentro y reconocer la verdad insonora del prójimo.
Es preciso escuchar el silencio de uno y el ajeno: he aquí el artículo que todavía falta incluir en la rica agenda de los Derechos Humanos.