
Los resultados del Barómetro de Confianza Edelman 2026 revelan un mundo que se repliega hacia el aislamiento. Según este informe global, a medida que se acrecientan la ansiedad económica, la tensión geopolítica y la disrupción tecnológica, las personas reducen su mundo a círculos más pequeños y familiares que reflejan sus puntos de vista, lo que entorpece el progreso económico y social.
La investigación fue elaborada por el Instituto de Confianza Edelman y consistió en entrevistas en línea de 30 minutos, realizadas entre el 25 de octubre y el 16 de noviembre de 2025, para un total de 33.938 encuestados en 28 países. Los principales hallazgos arrojaron que la incertidumbre financiera, los temores generalizados y el pesimismo han impulsado una creciente búsqueda de seguridad y certeza en el ámbito propio.
Asimismo, a nivel global, predomina una mentalidad de confianza cerrada: siete de cada diez personas tienen una mentalidad insular, lo que significa que se muestran reacios o reticentes a confiar en alguien que tiene valores, hechos, enfoques para resolver problemas o antecedentes culturales diferentes.
Dicho con otras palabras, de lo que se trata el mundo actual es de una voluntad caprichosa de cada uno solo consigo mismo. Parafraseando a Massimo Recalcati, nos encontramos frente a la evaporación del otro, donde cualquier cosa podría reemplazarlo. La insularidad, es decir, la tendencia de las personas a no confiar ni a poder estar con otros que piensan distinto, facilita que el algoritmo, ese ente que no habla pero que conoce todos los idiomas de la humanidad, ocupe el lugar del otro.
El algoritmo está diseñado para que no encontremos nunca lo diferente. Nos devuelve infatigablemente nuestros propios reflejos, gustos y sesgos; solamente nos muestra lo que ya nos gusta, lo que ya pensamos, lo que ya somos. Al eclipsar la diferencia, el algoritmo nos encierra en una mismidad inerte: no necesitamos al otro para hablarle porque hablamos solos.
En El malestar en la cultura (1930), Freud nos revela que una de las tres fuentes de sufrimiento para el ser humano son las relaciones sociales. La experiencia cotidiana nos muestra que la inteligencia artificial (IA) ofrece suprimir las tribulaciones propias de las relaciones entre seres humanos, así como escapar a la dependencia estructural; a pesar de que no existe un sujeto que se haya hecho a sí mismo, sino que, justamente, la subjetividad es entendida en un movimiento continuo de singularización, pero que se forma en un ir y venir dentro y fuera del propio yo.
Con la autosuficiencia como telón de fondo, ChatGPT propugna la labor benéfica y titánica de procurar seguridad, creatividad, tranquilidad, confianza, inspiración, optimismo, información e incluso un sentido de pertenencia y una perfecta sintonía; todo ello evitando el encuentro con la falta.
En consecuencia, el amor nunca había sido tan escaso como en esta época, pues tengamos en cuenta que es en el encuentro contingente con otro que se puede producir algo del amor. Freud nos recuerda, además, que cuando el hombre pierde el amor del prójimo, de quien depende, pierde con ello su protección frente a muchos peligros. No es difícil determinar que, paradójicamente, a mayor progreso tecnológico, hay mayores desacuerdos y desencuentros.
En nuestros días, nos enseña, pues, la vida anímica de las personas que la obsesión delirante con la IA, la idealización de ChatGPT y, en especial, la idea de que se “habla” con alguien –que, dicho sea de paso, no es un alguien– es una patología que se extiende de manera global, sin distinción de clases sociales, género ni edad.
Antes de terminar, quisiera compartirles una preocupación: abandonados en el mundo digital y embelesados en una relación autoerótica con ChatGPT, ¿qué cosas se van a marchitar ahora que ya no las cuidamos?
cgolcher@gmail.com
Carolina Gölcher es psicóloga y psicoanalista.