Aunque no lo sea en la forma tradicional, como nos lo explica el papa Juan Pablo II, el infierno existe. Es más, ya existe en la tierra. La diferencia de este infierno con el del más allá es que aquí solo lo sufre una parte de la humanidad y a su existencia contribuimos muchos.
Es fácil descubrirlo; basta buscarlo en los periódicos o en la televisión, en las calles de nuestra ciudad, en los barrios marginados, en la pobreza extrema, en los ancianos solos, en los niños que piden en las calles bajo la lluvia, etc.
¿Qué me dicen del infierno que provoca la xenofobia, las guerras, el odio casi eterno entre las razas, etc.? Nosotros mismos lo podemos generar con el genocidio, el egoísmo, el rencor, el hurto, la envidia, etc.
En la caridad está el cielo; en la indiferencia del hombre hacia sus semejantes está el comienzo del infierno. Nos dice San Juan de la Cruz que "un solo pensamiento del hombre vale más que todo el universo". El hombre, a través del pensamiento inspirado por Dios, es capaz de sacar a su prójimo del infierno y conducirlo por medio de la esperanza a un cielo que "ni el ojo vio, ni el oído oyó y que Dios tiene preparado a los que le aman".
Además, el que sufre puede descubrir en un acto de amor el rostro de Dios en nosotros y que existe el cielo. En todo caso, correspondiendo al amor de Dios, nos dice el poeta místico: "&...;aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera&...;"