No hay nada tan nutricio para el espíritu de un escritor como la retroalimentación de sus lectores. La convergencia es siempre estimulante, la divergencia –cuando está formulada con respeto– no lo es menos. Por el contrario, hay dos cosas a las que nunca contestaré ni pública ni privadamente. Una de ellas son las críticas de quienes a todas luces no entendieron mi planteamiento (no se puede polemizar con un interlocutor que no sabe leer). La otra son los anónimos.
Quien no tiene nombre, no tiene nada. Es lo primero que le dan a uno y lo último que le graban en esa inapelable piedra que sella nuestra muerte. En un escrito de cualquier naturaleza, el nombre significa: “asumo responsabilidad por lo que aquí escribo”. Es un acto de auto-respeto y de respeto por el lector, de integridad y de valentía. Por principio, no le respondo a gente que no tiene nombre.
Miedo al diálogo. No es del todo inútil recordar la etimología griega del término “anónimo”: an-onoma; es decir, “sin nombre”. He recibido pocos en mi vida (¿tres, cuatro?), y lo que me han dado es lástima. Lástima por quienes los escribieron. Por su incapacidad para el diálogo, por el miedo tremendo que le tienen a la vapuleada intelectual, por su pusilanimidad en la confrontación de las ideas.
Los anónimos se han escrito en todas las épocas y en todas partes del mundo, pero tengo para mí que hay algo en ellos que se ajusta particularmente bien a la idiosincrasia del tico. Somos buenos expresando nuestro sentir dentro del contexto de la euforia masiva (un partido de futbol, una manifestación política), donde el individuo deja de existir como tal, y se disuelve en una intoxicación colectiva. Una monstruosa criatura con muchos cuerpos para una sola cabeza. Por el contrario, la divergencia, el desencuentro personales, nos sumen en el terror. En tiempos de Sócrates y los sofistas, donde todas las tesis eran producto de la confrontación de planteamientos, hubiéramos quedado reducidos al mutismo. Hay que tener el valor de discutir, de disentir, y de hacerlo desde el nombre, desde el fondo de nuestra identidad. Porque es ni más ni menos que nuestra identidad la que se ve comprometida en nuestras ideas. Debemos absolutamente renunciar al temor de ser abucheados o aplaudidos por lo que pensamos.
Hay dos formas de anónimos. El primero de ellos es el pasivo: no firmar lo que se escribe. El segundo es el activo: no señalar claramente a quien se está atacando. En ambos casos es imposible el diálogo. En el primero porque no se le puede contestar al señor “nadie”; en el segundo porque no sabemos si es uno a quien le están hablando. Es un guante que el agresor lanza al aire en la cobarde espera de que alguien “se lo plante”.
Cobardía intelectual. Emisor y destinatario omisos equivalen a lo mismo: imposibilidad de intercambio de ideas. Pero es que precisamente la mayoría de los anónimos no buscan el diálogo, sino simplemente insultar. El insulto es un cortocircuito de la comunicación. Es el fin de todo diálogo; una evidencia de pobreza intelectual, de incapacidad para participar en el proceso mayéutico (el “alumbramiento” conjunto de nuevas ideas) del que se nutre el pensamiento. Y aun como agresión, el anónimo insultante es cobarde e indigno: tirar la piedra y esconder la mano.
El insulto es la rabia de la impotencia; la impotencia para sostener una contienda ideológica. La conciencia de esta incapacidad genera en el agresor una furia tremenda. De ahí emerge, como un escupitajo o un puñetazo, el insulto.
El anónimo no solo refleja la debilidad de quien lo escribe, sino la íntima vergüenza que este siente de sí mismo. “Me siento abochornado de decir esto, simplemente no puedo evitar decirlo” –presupone el anónimo–. En el fondo, el emisor está asqueado de sí mismo. Debemos compadecerlo. Correcto o erróneo, certero o desatinadísimo, es imperativo –una cuestión de honestidad y decencia– asumir autoría de todo lo que se dice y se escribe. El nombre, siempre el nombre: el escudo de armas con que nos lanzamos a la liza social. Sin él no somos designables, en cierto modo, dejamos de existir.