La tendencia natural de las personas humanas es a intentar el estar felices y huir del sufrimiento. Estar feliz depende de los estados anímicos y de las circunstancias. Normalmente, ciertas circunstancias motivan determinados esta-dos anímicos. Así, se buscan circunstancias que, en el pasado, han promovido un estado de felicidad o, al menos, de sosiego.
De tal modo, la vida transcurre como una permanente búsqueda de circunstancias: diversión, éxito, enamoramientos, etc.
Desafortunadamente, en general, no se tiene control sobre las circunstancias ni sobre los estados anímicos, que resultan de una conjugación de factores -además de las circunstancias del momento- sobre los que tampoco tenemos control, tales como pasados psicológicos, salud, flujos hormonales, etc. Así, la busca de la felicidad se convierte en una persecución de espejismos, una montaña rusa de estados de felicidad que devienen en sufrimiento e intranquilidad.
Paz interior. Por el contrario, ser feliz supone un divorcio frente a los estados anímicos y las circunstancias, un desapego hacia lo terreno, para centrarse en la paz interior. Las circunstancias siguen siendo adversas o positivas, pero la forma en que se reacciona ante estas no es la compulsiva huida del sufrimiento ni la persecución de la adrenalina. Las circunstancias se aceptan como son y se determina si pueden ser cambiadas por acción propia o ajena. Se reconoce que no se puede controlar las circunstancias, pero sí manejar las reacciones ante ellas, de manera que no se pasa necesariamente por el caleidoscopio de estados anímicos.
No se trata de suprimir las reacciones ante los hechos, sino de aceptar la realidad como es, incluidas las reacciones anímicas que, ante la observación consciente, pierden efecto. De esta aceptación de la realidad surge la paz interior.
Raíces espurias. Para avanzar en la aceptación de la realidad, no hay otro camino que el método socrático: "Conócete a ti mismo".
Al conocer las reacciones propias ante las circunstancias, en especial de aquellas fuera del control propio, las reacciones o patrones de conducta empiezan a perder su capacidad de control sobre uno mismo. Es ese conocimiento profundo y sereno de emociones y reacciones lo que las debilita en su efecto interior, de manera que se puede pasar crecientemente a ser feliz, ya sea gozando de vientos favorables (sin apegarse a estos) o en paz en la adversidad (sin temor o ansiedad).
En ese contexto, cobra especial sentido el poner la otra mejilla. Si el primer golpe todavía dolió (más allá del dolor físico), el siguiente golpe puede ayudar a desterrar, mediante el conocimiento de uno mismo, las raíces espurias del sufrimiento. La vida normalmente desencadena repetición de patrones o circunstancias y, si no se aprende la lección, toca seguir poniendo la mejilla. Cuando se es capaz de poner la otra mejilla sin reparos, se ha detenido o reducido grandemente el caleidoscopio emocional y se puede actuar sobre la realidad sin espejismos, buscando resultados de manera objetiva por sus propios méritos éticos y no por el empuje de vanidades o miedos interiores.
Asidero interior. La recompensa del conocimiento interior, "la verdad que os hace libres", no es solo paz y gozo. La dimensión de la felicidad es trascendente.
La acción altruista, basada crecientemente en la realidad (aquella no tamizada por temores o ansiedades) y el silencio interior posible, al eliminar las barreras de separación frente a la realidad, proveen un asidero interior independiente de las circunstancias.
En silencio, la conciencia se trasciende y se puede disfrutar el sustrato amoroso de la realidad última. Los deleites de la experiencia mística, la teología experimental, la comunión, llegan a ser posibles sin más esfuerzo que el silenciamiento de las fuerzas separadoras egocentradas, maravillosamente descrito mediante el símil del encuentro amoroso por San Juan de la Cruz o Rumi, el poeta sufí. La conciencia se descubre en comunión totalizante y se desenmascara la ficción de la separación individual, tal como lo describen los poemas haiku zen; desaparece todo temor a la muerte; se es feliz, como proceso inacabado pues siempre se puede ser más feliz. ¡El gozo de vivir!