El 18 de junio de 1804, hace 200 años, el entonces gobernador de Costa Rica, don Tomás de Acosta, publicó un bando aclaratorio de la orden real recibida en la Capitanía General de Guatemala, que decía así: “Los que de aquí en adelante se dediquen al cultivo del cacao, café, azúcar y algodón, no paguen diezmo ni ningún derecho en el término de diez años, cuyo tiempo empezará a contar desde la primera cosecha”.
Aunque no puede colegirse, del anterior texto, que ya existiera en nuestro territorio siembra alguna de café, esta orden gubernamental representó, como la tradición lo demuestra, el punto de partida para el desarrollo cafetalero en Costa Rica pues en la aclaración Acosta indicó que se refería a “las nuevas plantaciones”.
Casa por casa. Para promover la siembra de café, Acosta ofreció además regalar tierras a los que entraran en esta aventura comercial, acción en la que también tuvo papel decisivo el cura Félix Velarde, quien sembró de café un solar, (alegóricamente donde hoy es calle 0 y avenida 0 de San José), solar desde donde el padre Velarde se dedicó a regalar –casa por casa– semillas para promover su siembra en el Valle Central.
Aunque casi de inmediato se sembraron algunos pequeños solares con matas de café en lo que hoy es el casco metropolitano, Cartago y Heredia, en realidad las primeras plantaciones formales de café en Costa Rica fueron hechas en la década de 1830 por don Mariano Montealegre Bustamante en las cercanías de lo que hoy es La Sabana, lo cual le convirtió rápidamente en el principal productor de la época, por su afán para sembrar y procesar ese grano.
Cultura cafetalera. El impulso dado por el bando emitido por Acosta se mantuvo durante el resto del siglo XIX, en el que Costa Rica y su economía fueron moldeadas por los vaivenes de la cultura cafetalera, gracias a la constante relación entre planta, suelo, clima y campesino, y hoy, dos siglos después, podemos recordar este comunicado como la orden gubernamental que ha tenido mayor influencia en el desarrollo histórico y social de Costa Rica ya que, sin lugar a dudas, fue la caficultura la actividad comercial que permitió al país sentar las bases de su cultura e idiosincrasia.
La celebración de este bicentenario debería motivar a los actuales miembros del Gobierno a brindar un decidido impulso a nuestros agricultores, que de modo efectivo otorguen a los productores los instrumentos que les permitan enfrentar los actuales retos del cambiante panorama comercial.
En aquel entonces, semilla y tierra eran necesidades fundamentales; hoy, quizás esas necesidades sean crédito, capacitación y organización comercial, elementos todos a los que el Gobierno debe orientar sus esfuerzos... si realmente quiere que los productores se adapten a los requisitos del nuevo mercado.