
"¿Castrará el Cholo a los sátiros?"
Este graffiti ha aparecido en algunas paredes de San José, en abierto contraste con la actual onda poética que domina el escenario de la expresión anónima en terreno ajeno, con reflexiones como "Genio, dónde está tu Aladino?". O en desafío a la tradicional protesta política, como una descarnada apelación que se destiñe en la pared trasera del edificio Saprissa, en la Universidad de Costa Rica: "Prostitutas al poder porque sus hijos ya están ahí".
Lo importante es que ya que alguien se ha animado a preguntárselo, ojalá que el Cholo considere seriamente castigar a esos infractores, si no con la rigurosidad islámica de privar al agresor del miembro conque cometió el delito, al menos con una sentencia ejemplarizante.
El problema es que difícilmente podrá iniciarse tal cruzada de sanidad, por el sencillo motivo de que los sátiros son un personaje en franca vía de extinción.
Si no lo cree, pregúntele a cualquier muchachito -y ni qué decir de los niños- si sabe qué es un sátiro. De seguro lo mirará con un aire de extrañeza y cuando usted le explique de qué se trata, cortará rabo y orejas con un ¡qué polo! que dará por agotada la indagatoria.
Atrás quedaron, obviamente, los tiempos en que se nos prevenía de las apariciones de estos desviados cerca de los cafetales y la manera de encarar sus proposiciones, por muchos confites que nos ofrecieran.
Hoy no queda más que aceptar que un sátiro es, en verdad, toda una polada. Ahora la amenaza se llama cuando menos violador y en los casos más sofisticados, sicópata.
De modo que el Cholo o se globaliza o su promesa caerá en el vacío. Porque lo que es un sátiro no lo hallará ni en una sesión espiritista como a las que dicen que asiste Hillary Clinton.