Justo hace diez años, el 31 de diciembre de 1991, se decretó la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Desapareció así, oficialmente, la superpotencia totalitaria que, desde la ideología marxista, sojuzgó, directa o indirectamente, a cientos de millones de seres humanos. Con su fin, una nueva era comenzó en el mundo.
El proceso de desmembramiento del imperio soviético en realidad había empezado mucho tiempo atrás. Como lo vaticinó desde fines de los años setentas el brillante ensayista greco-francés Cornelious Catoriadis, el estallido de la URSS no fue sino una bomba de tiempo resultado de su sino ideológico: la ausencia de libertades y el verticalismo ideológico de un Estado-Partido que tenía amarrada a la sociedad rusa (y las muchas otras que, anexadas a la URSS, formaban parte obligada del poder de Moscú) en un estancamiento que hizo crisis y estalló en mil pedazos, a partir de las revueltas de 1989, que se extendieron hasta 1991.
Muchos factores confluyeron en la inevitable decadencia que desembocaría en su caída. En primer lugar, el estancamiento ideológico. La ortodoxia política del marxismo-leninismo, encarnada en el llamado "centralismo-democrático", sirvió como móvil para la conculcación total de libertades y, a su vez, fue la base de un modelo que llevó a la sociedad soviética a una entropía civil, caracterizada por una ausencia absoluta de libertades civiles y derechos humanos. En segundo lugar, el fracaso económico del modelo de estatización y planificación: en ausencia de sociedad privada, el proceso de producción soviética fue transformándose en un aletargado y paquidérmico sistema sin incentivos y sin creatividad. Un tercer elemento fue la creciente emancipación de su periferia imperial, gracias a los movimientos de apertura en Europa central y del este, mientras, a la vez, Estados Unidos y Europa occidental avanzaban en libertad, progreso y equidad.
Fue esencial, finalmente, el proceso de la perestroika impulsado por Mijail Gorvachov. Educado en la ortodoxia del Partido Comunista y formado a la sombra del establisment del Kremlim de la década del 70 e inicios de los 80, Gorvachov tuvo, sin embargo, la posterior agudeza ideológica y la valentía para romper con el pasado y proponer una revolución de las libertades o un deshielo ( glassnot ) dentro de su propio partido y del antiguo Estado soviético. Su salida del poder no fue, ciertamente, feliz, al ser empujado por una revuelta ciudadana que quería acelerar los cambios, comandada por Boris Yeltsin, quien sería el premier hasta hace dos años. Yeltsin enterraría finalmente el viejo aparato ideológico y político de la URSS en el invierno de 1991. Con su desmembramiento surgieron Rusia y las otras antiguas "repúblicas" soviéticas como países independientes.
Hoy, a fines del 2001, Rusia es un país que no ha terminado su transición hacia la democracia y se debate entre los fantasmas de la corrupción, de un aparato productivo y financiero ineficiente y lentamente modernizado, y un endeble desarrollo institucional. A diferencia de otros países de la antigua Europa oriental y central, que hicieron la transición democrática porque tenían una cierta memoria institucional de períodos democráticos previos, Rusia no contaba con ningún pasado democrático en el que inspirarse o basarse. Era casi inevitable, por esta razón, que su primera década (1991-2001) haya sido tan difícil. Sin embargo, sus posibilidades de mejoría material y política son infinitamente mayores que durante el régimen totalitario. Ahora sí hay esperanzas.
Parte del éxito dependerá no solo de la eficacia política de su actual presidente, Vladimir Putin, y sus sucesores, sino, además, de la habilidad de Estados Unidos y de la Unión Europea por ayudar a convertirla en un socio firme de los valores políticos occidentales. Eso será lo mejor para su pueblo y para el mundo.