Hace exactamente dos años, en una ciudad de cuyo nombre sí quiero acordarme, pero que no puedo decir sin nostalgia, veíamos una de esas insufribles maratones de año nuevo por tele -¡puaj!- y en medio de los "ropopompóm" borrachos de un Raphael más que decadente, acribillando villancicos, apareció una gordita de pelo revuelto, yins, camisa blanca de hombre, con pinta de chico malo y faldas de por fuera, cantando como una diosa o, mejor aún, como una diosa triste, como una diosa que cantara como una mujer melancólica y dulce, en la estética contraria a la españolada y al oropel navideño, una mujer que cantaba desde lo profundo de la Tierra donde se encuentra perdido el corazón humano.
Era Rosana.
Una semana antes, una amiga, Covadonga Pendones de Pedro y Pérez Serás, nos había dejado como regalo su primer disco, Lunas rotas, pero no nos habíamos atrevido a abrirlo. Nos pegamos al tele, la oímos cantar su desgarrado "Si tú no estás" y quedamos sin aliento. Sin aliento. ¿Quién era esta española que para colmo gemía como latinoamericana y se enternecía como una simple mujer enamorada, amante y deseante y dueña de todo su ser?
He recuperado aquella pasión primigenia en estos días cuando la radio costarricense, tan ayuna de novedades sinceras, le concede a Rosana un tiempo y un espacio privilegiados para su segundo disco, Luna nueva, y nos regala algunas de sus canciones maravillosas. En estos tiempos electrónicos cómo se agradece una voz honda y honesta, el rasguido verdadero de una guitarra real, una historia de desamor y desafuero, una mezcla de bolero y rumba, porque, claro, Rosana no es española así no más, sino canaria, isleña, y de ahí su algarabía en el fin del mundo, su alegre cabanga.
Rosana canta canciones de amor, puras, propias, irrepetibles, en los recodos inmemoriales de su vozarrón en carne viva.