Conviene hacer lectura de nuestro tiempo, darnos cuenta del compromiso y la responsabilidad personal con la época en que hemos sido protagonistas. No somos en Costa Rica turistas ni espectadores. En nuestras manos están los bienes "raíces" que dejemos a los hijos y los hijos que dejemos a la patria. Tenemos que meter todos "bisturí" en las más grandes pobrezas: ignorancia, corrupción, droga, violencia, pornografía, prostitución, para proteger la dignidad humana antes de que se enquisten más estas realidades.
Debemos comprometernos con la familia para fortalecerla. Nuestra vida se define en amar y ser amados, y saberse querido es una de las razones más profundas que justifica nuestra existencia.
Cuando la familia se tambalea o pierde altura de miras, toda la sociedad se va a pique. No es una postura sensata sacrificar lo esencial en pro de lo accesorio ni lo necesario por lo superfluo. Hipotecar la existencia al trinomio acción, dinero y poder es una filosofía y una instalación equivocada en la vida. Las cotas más altas de felicidad van por otro lado. La calidad de las relaciones humanas son las que realmente nos definen, no el trabajo que realizamos. Este es el verdadero currículum. Hay que conciliar trabajo y familia ante los devastadores horarios y las distancias.
Conciliar, no confrontar. He aquí una inteligente conquista: compaginar trabajo y familia. Buscar la amalgama para una armonía vital porque el trabajo también es parte fundamental de nuestra vida. Un mensaje para los empresarios que necesitan familias estables, empresas estables: no hay "piloto automático" que funcione en la familia.
En un buen contexto familiar se desarrolla una visión positiva de uno mismo y sobre los demás, necesaria para aproximarse al mundo con confianza y sin violencia.
Debemos comprometernos con la buena educación que parte de un concepto correcto sobre la persona, su dignidad y el respeto que se merece. Ni el dinero ni un título universitario la garantizan. No es cuestión de "inyectar" conocimientos y repartir títulos.
El plato fuerte son las actitudes. Debemos adaptar la educación a los cambios actuales y a la revolución tecnológica. Tenemos gran cantidad de información disponible frente a gran necesidad de formación para digerirla, interpretarla y comprender lo que sucede.
Los conocimientos deben aprenderse "en línea", con la adquisición de argumentos, criterios que vayan desarrollando el talante de la persona, su madurez, para formar una cabeza "bien amueblada" con una "bolsa de valores" que tenga un "buen tren de aterrizaje".
Nos encontramos ante la persona que carece de aristas y de convencimientos profundos, de contornos blandos, perfiles débiles.
La educación no se delega. Los padres somos los primeros protagonistas de este reto. Luego, "la escuela debe ser el escenario para construir un mundo mejor".
Con la cultura. Un elemento configurador de la forma como percibimos el mundo, una óptica desde la cual interpretamos la existencia humana, nos sitúa en la mejor de las condiciones para entender el futuro y para ser críticos con las lecciones el pasado.
Sin cultura no hay progreso pues ofrece kilómetros de horizonte ante mentes estrechas e intereses reducidos.
Tres ejes para el desarrollo del país: familia, educación y cultura. Tres "activos" codiciados. La filosofía del prevenir está sustituyendo a la de curar. Hay que saber llegar antes para no tener que tirar "salvavidas". No valen las soluciones parciales ni las consignas temporales.
Ondear esas tres banderas, verdades primarias, será asignatura pendiente para llegar a todo lo que de verdad importa. Una rosa de los vientos que, por cierto, corren fuertes.