Ciudad de Guatemala. Cuando leo esas siniestras historias acerca de niños y niñas a los que adultos depravados han hecho perder su natural pureza, cuando veo esas imágenes escalofriantes de los niños asesinos de Sierra Leona o de las prostitutas niñas de Calcuta, cuando observo, en fin, cómo se corrompe e interrumpe en todas partes ese rasgo esencial de la infancia que es la inocencia, vuelvo los ojos a mis años puros y trato de recordar cuándo y cómo perdí yo la mía. Y allí suelo reparar que no se me fue una inocencia, sino muchas, y que ese proceso desolador se alargó hasta bien entrada la edad adulta.
Pero siempre que hago este recorrido por los episodios que minaron poco a poco aquel candor primigenio, me considero una persona de suerte, pues, a diferencia de casos como los citados, yo perdí mi inocencia poco a poco. De mucha suerte, en verdad. Qué triste ha de ser para un padre o una madre ver a sus hijos perder la inocencia de un tajo. Y qué penoso observar lo poco que se ocupa hoy el mundo en proteger de la maldad o el delito a los limpios de corazón.
Rememorar nuestra infancia, sobre todo en días como éstos tan propicios para añorarla y revivirla, no es por tanto un ejercicio muy feliz, pues si no hay recuerdo más hermoso que el de la inocencia, no hay herida mayor que el de su pérdida. Pero de todas mis memorias tristes, desde la primer deslealtad de un amigo hasta la primera estafa de que fui objeto, acaso la más dolorosa fue dejar de creer en los Reyes Magos. Nací y crecí en una cultura embebida en estos tres personajes de leyenda, hoy en gran medida desplazados por el ubicuo Santa Claus. Y al igual que mis hijos vieron a éste volar cerca de mi casa, yo también vi a los Reyes de Oriente alejarse del balcón donde habían dejado sus regalos.
Magos esfumados. Cierto amanecer, ya adolescente, me acerqué de puntillas al mismo balcón, con la misma ilusión de otros años, mas no estaban. Los regalos, quiero decir. Y menos los Reyes Magos. Nadie me había advertido que aquella ilusión tenía un fin. Y así se esfumaron de mi vida aquellos amigos tan queridos y lejanos. El desengaño dejó en mí un gran vacío interior. Y por si eso fuera poco, alguien puso por esas fechas en mis manos los Evangelios Apócrifos, donde cinco versiones distintas del viaje de los Magos confirmaban las raíces legendarias de quienes creí siempre tan reales.
Con todo, pude comprender la razón de ciertas tradiciones religiosas. Pues aquéllos eran evangelios para la infancia, como sus nombres rezaban, cuentos cuyo propósito era mantener viva la inocencia. En ellos se hablaba de los Magos venidos de Oriente, acompañados de nueve criados, según unos, y de doce mil soldados, según otros. Sus nombres eran Melchor, rey de los persas, Gaspar, rey de los hindúes, y Baltasar, rey de los árabes. Melchor, además de mirra, llevaba al Niño Dios áloe, muselina y cintas de lino. Gaspar, además de incienso, le regaló nardo, canela y cardamomo. Y Baltasar, el rey de piel oscura, pero también el más rico, era portador de oro, perlas finas y zafiros. María les preguntó que cuándo habían salido de Oriente y ellos le respondieron que el día anterior por la tarde. Y según contaba el Evangelio Árabe de la Infancia, los Magos regresaron ese mismo día a Persia, donde llegaron a la hora de comer.
Retorna Baltasar. Algunos años más tarde, no muchos, me pidieron hacer de rey Baltasar en un acto benéfico. Yo debía aparecer en el escenario de un teatro atestado de niños y entregar unos juguetes. Recuerdo que llegó una maquilladora con unos corchos quemados, lápiz labial y una crema oscura, con todo lo cual me embadurnó el rostro hasta no dejar blanco de mí sino córneas y dientes. Un turbante coronado por una gran pluma azul, unos guantes negros, una túnica de raso color verde y una capa blanca hasta los pies completaban aquella figura presuntamente mayestática que, sentada en un trono de cartón piedra, esperaba con los otros dos monarcas que se corriera el telón.
Hasta ahí, todo había sido divertido. Mas cuando el público apareció ante nosotros y estalló el griterío de los niños, caí en un estado de ánimo a mitad de camino entre el estupor y el pánico. Me era difícil aceptar que una ilusión infantil, como la de creer en los Magos de Oriente, pudiera desatar tal histeria, ni que una indumentaria y unas plumas pudieran conmover de aquel modo una inocencia que yo tenía casi olvidada.
Aún puedo ver los rostros de aquellos niños, sus ojitos brillantes, sus expresiones de pasmo. La mayoría no se fijaban en los juguetes, sino en mí, y en la magia que mi disfraz irradiaba. Ni Melchor ni Gaspar les llamaban tanto la atención como el rey negro, el distinto. La euforia rezumaba en sus caritas deslumbradas por la viva presencia de una ilusión hecha carne. Me miraban, se reían, lloraban, saltaban, no querían irse de mi lado. Y yo viendo aquella felicidad, tan genuina y tan pura, sentí que recuperaba por instantes la ilusión que perdí una madrugada, tiempo atrás, cuando los Magos desaparecieron de mi vida.
Aquel día sentí también el gozo de dar. Los juguetes que entregué a aquellos niños fueron para mí el oro, el áloe, la muselina y el nardo. Entendí también cuán importante es proteger la infancia mientras dura, que es bien poco. Y supe que la inocencia, tan delicada, tan fugaz, es lo mejor que nos deja un viaje lleno de desilusiones y trampas, y que verla en el rostro de un niño es algo muy parecido a revivirla.
Como yo la reviví aquella tarde inolvidable en que hice felices a tantos inocentes, y ellos, a cambio, me hicieron a mí rey por un día.
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(*) Escritor y periodista español radicado en Guatemala.