Una interesante curiosidad constitucional del Reino de Bélgica es que sus monarcas ostentan el título de Rey de los Belgas y no el de Rey de Bélgica. La diferencia de matiz puede parecer tenue, pero en realidad es muy significativa: en 1831, los belgas escogieron al fundador de la dinastía, Leopoldo I, y a sus descendientes para que encarnaran en sus personas al Estado que daría personería y albergue jurídicos a los habitantes de un territorio, y no para que fueran sus dueños ni sus administradores.
Ser Rey de los Belgas significa ser el árbitro supremo y, por definición, justo, en las querellas y los conflictos políticos que puedan surgir entre los ciudadanos y, a la vez, actuar como depositario del "alma belga" ante el resto del mundo. Por el contrario, Rey de Bélgica podría haberlo sido hasta un usurpador como José Bonaparte fue Rey de España. Para ser el primer Rey de los belgas se requería de una legitimidad emanada del consenso ciudadano; para ser Rey de Bélgica habría bastado con el poder de la fuerza, lo que, en 1831, habría significado violencia e imposición.
¿De los costarricenses o de Costa Rica? En este momento, Costa Rica tiene un Presidente electo que a partir del próximo 8 de mayo ostentará el título de Presidente de la República. Dadas las conocidas circunstancias electorales de las que se deriva su legitimidad, no es posible decir todavía si el doctor Miguel Angel Rodríguez será el Presidente de los costarricenses o, simplemente, el Presidente de Costa Rica. Calcando la sutileza constitucional belga, la diferencia radica en este caso en que no es lo mismo conducir y orientar a una nación -para lo que se requiere un liderazgo nacido de la confianza- que administrar un Estado, para lo cual basta con la fuerza de una norma jurídica cuya base aritmética es, lamentablemente, muy débil por el momento: más de dos tercios de los costarricenses no depositaron su confianza en el futuro Presidente, y esto lo convierte por ahora en inevitable administrador del Estado.
Esta realidad que, pese a ser tan evidente, pocos se atreven a expresar, no favorece en nada al licenciado José Miguel Corrales -quien recibió aun menos muestras de confianza- ni debe ser tomada a ofensa por el doctor Rodríguez. Después de todo, el mensaje que el pueblo de Costa Rica plasmó en las urnas hace pocas semanas no puede ser más claro, tanto para quienes creen haberse ganado la confianza de la ciudadanía como para quienes se niegan a reconocer que la perdieron.
La factura electoral. El electorado ha dicho que la clase política no demostró los méritos que se requieren para que sea digna dirigente de los costarricenses, aun cuando conserva en sus manos los hilos del poder que la convierten en administradora de Costa Rica. Sin embargo, don Miguel Angel es, dentro de esa clase, la persona mejor ubicada para aprovechar los cuatro años que siguen con el fin de demostrar que, a pesar de todo, todavía alguien puede ser, entre nosotros, "rey de los belgas". Para comenzar, debería tal vez comprometerse con los costarricenses a revocar la ceguera que mostraron los políticos cerrándole el paso a cada uno de los intentos que se hicieron durante los últimos tres años para hacer más democrático y participativo nuestro sistema electoral. Como símbolo y como resultado, sería muy útil que uno de los primeros pasos de don Miguel Angel como Presidente consistiera en iniciar el desmantelamiento del holdup de la deuda política, exacción que, lejos de ser mitigada, fue agudizada por la actual Asamblea Legislativa, con la expresa anuencia de la cúpula del PUSC. Esa es parte de la factura que el electorado les cobró, con toda justificación, al PLN, al PUSC y a quien hoy es Presidente electo.