Una celebración del ejército nicaragüense sirvió de trasfondo a la cita de presidentes del área que, el martes último, emitió la Declaración de Managua referente a la Unión Centroamericana. El controversial proyecto, promovido por Honduras y El Salvador con el apoyo de Guatemala y Nicaragua, en su forma original, proponía la fusión política de la región --casi inmediata-- basada en un modelo institucional de alto contenido castrense. En su versión final, modificada a instancias de Costa Rica, la propuesta adquirió un rostro más civilista y no quedó sujeta a plazos de ejecución
Lamentablemente, en virtud de la Declaración de Managua, la quimera unionista adquirió rango de doctrina regional y, avalada por todos los gobiernos centroamericanos, abrirá el portillo a presiones recurrentes dentro y fuera del istmo. Este aspecto, más que el impacto inmediato del documento, suscita preocupación porque perfila nuevos bríos para una idea fracasada e insolvente, negada por la historia y las realidades de la zona, cuya mera discusión distrae de tareas que sí son verdaderamente urgentes para nuestros pueblos. También constituye una campanada de alerta en torno a la praxis, impulsada por los actuales encargados de nuestra Cancillería, de sujetar la política exterior costarricense al consenso centroamericano.
El progreso socioeconómico exige, en esta época de profundas transformaciones mundiales, una visión creativa para poder competir con éxito en las agitadas corrientes de la globalización. El futuro de cada país depende de su capacidad innovadora, de una perspectiva moderna y acorde con el interés nacional y el entorno de la posguerra fría. Sin embargo, frente a esos tremendos retos, los mandatarios centroamericanos volcaron su mirada a un pasado turbulento para propugnar una unión política carente de sustento que nada contribuye a resolver los problemas de sus respectivas naciones. Las referencias a la "Patria Grande" y la "Unión Centroamericana imaginada por nuestros próceres y anhelada por los pueblos del Istmo desde antes de la independencia", subrayan la nostalgia que inspiró al texto.
Dada la incongruencia de dicha iniciativa, cabe preguntar por qué y cómo devino en un tema dominante de la diplomacia regional. ¿Obedecerá quizá a que el presidente hondureño, agobiado por su impopularidad e impotente ante una espiral delictiva imparable incluso por las fuerzas armadas, buscó redimirse invocando el fantasma morazánico? ¿Habrán pretendido algunos mandatarios complacer así a naciones europeas y funcionarios del Departamento de Estado que insisten en tratar a Centroamérica como un bloque homogéneo? Cualquiera que fuese la explicación, desafía toda lógica el salto insólito de la integración económica a la unión política proclamado en la "cumbre" del martes.
Existen en el istmo problemas comunes que demandan la atención de los países del área y el respaldo de gobiernos amigos. Desde el comercio hasta la salud, pasando por el drama humano de las migraciones y el embate del narcotráfico, la vecindad geográfica nos impone un alto grado de cooperación. Las relaciones armoniosas y el diálogo constante facilitan vías de acción conjunta. Igual camino han seguido, en circunstancias parecidas, grupos de naciones de otras latitudes sin recurrir a esquemas ilusos que ignoran las diferencias normales entre sus integrantes.
La Declaración de Managua, a pesar del énfasis civilista que Costa Rica logró imprimirle, marcó un vuelco inconveniente al pasado, el resurgimiento de fórmulas fallidas que no responden a los verdaderos intereses ni las prioridades de los países centroamericanos.