Todos somos espectadores del momento social, cultural y humano que nos toca vivir, con todas sus tragedias. Los acontecimientos perceptibles en la gran mayoría de países dejan perplejos a los hombres y mujeres comunes, a las personas de buena voluntad. Hay un denominador común a toda la humanidad que se está desmoronando de modo asombroso y que tiene tradicionalmente un nombre bien concreto y está presente en la intimidad más profunda de todo ser humano: el Derecho Natural.
Una buena democracia no necesita, en absoluto, ser confesional de ninguna religión ni estar comprometida con ninguna ideología para comprender que eso que el Derecho Natural debe ser como el denominador común de toda sociedad porque surge de la naturaleza humana limpiamente comprendida. Hay principios generales que ilustran a toda cultura en auge que no haya tomado la ruta de la corrupción. Por ejemplo, a todos nos es obvio que hay una sola naturaleza humana de la que participan el hombre y la mujer y a su vez también se ve con claridad meridiana que hay una distinción innegable entre el hombre y la mujer. Hay también un sentido natural de aprecio a la vida como un don que hemos recibido, nada despreciable, y que a todos nos corresponde respetar tanto en uno mismo, evitando el suicidio y la eutanasia, como en los demás evitando el homicidio y el aborto destructor. Para reconocer las verdades de ese orden no se requiere ser católico o luterano, anglicano u ortodoxo, basta la buena voluntad.
Para evitar atropellos. Ante la presencia de minorías que no responden, en su modo de ser, al conjunto natural del ser humano, por circunstancias conocidas o desconocidas, hay que procurar no perder la debida serenidad a la hora de pensar en legislar para ellos. La legislación, tal vez necesaria, deberá buscar el modo de proteger a esas minorías en razón de ser humanos, a fin de evitar posibles atropellos, pero es total desorientación jurídica pretender defender sus anomalías -como hacen actualmente algunos Gobiernos-, como si fueran un bien que debe proponerse, desarrollar y fomentar.
En los momentos históricos que vivimos, da la impresión de que está en juego en muchos países un propósito aberrante, que contradice a la recta razón, que niega datos antropológicos evidentes y busca desnaturalizar las bases fundamentales de la humanidad, como el matrimonio, la familia y el respeto a la vida.
Ahora que nos encaminamos en Costa Rica hacia las próximas elecciones, deberíamos empeñarnos todos en defender ese común denominador humano que se llama Ley Natural. Si perdemos esto, lo perdemos todo, y Costa Rica dejaría de ser la patria tan querida de nuestros antepasados.