
Estimado lector, estimada lectora, voy a hacerle una pregunta a quemarropa: ¿Cuál es su objetivo primario en la vida? Uso 'primario' según la acepción número uno del diccionario académico: principal en orden o grado. Y, si la pregunta le parece indiscreta, le ruego perdonarme y no seguir leyendo. Pero si le parece útil o interesante, permítame compartir con usted algunas experiencias que he tenido con ella, las cuales podrían servir como puntos de referencia para su propia reflexión.
k Hace más de 30 años, en una conversación íntima con don Ismael Antonio Vargas, recordado colega universitario y exministro de Educación, concluimos que los académicos éramos un tanto ingenuos porque trabajamos especialmente para lograr respeto o reconocimiento de otros. Para nosotros, razonábamos, era secundario el dinero o la riqueza material; y tampoco nos interesaba principalmente el poder o la influencia. No es que despreciamos las últimas dos cosas, sino que damos prioridad a la primera: preferimos renunciar al dinero y al poder cuando tienden a contradecir o mermar el respeto.
k En 1986, al titubear ante la consideración que daba don Óscar Arias a mi nombre para ser presidente ejecutivo de Japdeva (yo aspiraba a otro cargo), un exministro cercano a él y muy amigo mío, que prefiero no identificar en las circunstancias actuales, me dijo entre broma y seriedad: "Róger, no seas ingenuo. Como presidente ejecutivo de Japdeva vas a ser como un rey en Limón. Mediante unas cuantas fincas que podrás obtener con facilidades de pago, te las arreglarás sin dificultad alguna para ganar buena plata; además, tendrás la opción de ser diputado después". Acepté el cargo, para no desairar a don Óscar; sin embargo, en pocos meses renuncié, a pesar de un futuro tan "atractivo".
k Don Eugenio Rodríguez, otro exministro de Educación a quien admiro, escribió en marzo del 2000 que compartía conmigo "cierta ingenuidad en el ejercicio de eso que llaman actividad política". Especificó que con ello se refería a lo siguiente: "(Ambos nos aferramos) a ciertos principios indeclinables que algún día caracterizaron a los más preclaros varones de Costa Rica. No se trata de predicar una moral de catecismo, sino de ser fieles a ciertos criterios de desinterés personal, más allá de las ideologías y de los cambios en esta sociedad turbulenta que nos ha tocado vivir".
k El mayor halago que he recibido provino de un joven afrocostarricense, quien, después de graduarse con honores máximos de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Costa Rica, se acercó para decir que solía tenerme en mente al realizar sus esfuerzos académicos y profesionales. Cuento esto y lo anterior con satisfacción legítima, siguiendo el ejemplo de Lord Mountbatten (1900-1979), tío político de Isabel II, al afirmar con buen humor, en el cierre de una entrevista periodística: "Todos tenemos derecho de hacernos un poco de propaganda personal; y ya ve que yo no lo desaprovecho".
En fin, no desprecio el dinero; además, tengo en gran estima a los empresarios y hombres de negocios que dedican sus afanes a la inversión de riqueza. Tampoco menosprecio el poder: reconozco que a los políticos y jerarcas de organizaciones públicas les corresponde cumplir tareas indispensables para el desarrollo de la sociedad. Sin embargo, desde aquella conversación con don Ismael Antonio, entendí y decidí que lo más importante para mí era ganar respeto, no solamente el de otros, sino también el mío propio. Así, pregunto: ¿para qué sirve el espejo de la vida, aunque esté colocado en un marco de oro o sea sostenido por mil adeptos, si en él no es posible verse a los propios ojos con pundonor?
Pero hay otras vidas, otros espejos y otras preguntas. Entonces, cada lector o lectora debe pensar y decidir los suyos.