
Desde el restablecimiento de las relaciones entre China y Japón en 1972, no ha habido crisis mayor que la actual, por el reclamo chino a los japoneses, al omitir de la historia oficial los actos criminales que el ejército nipón ejecutó entre 1931 y 1945. La conciencia colectiva del pueblo chino pasó la factura con un peligroso nacionalismo contra inversionistas y negocios japoneses, a vista y paciencia del Estado totalitario. Pero ese mismo espíritu combativo guarda silencio ante la perversa Revolución Cultural de Mao, que fue una cabalgata de muerte contra conciudadanos. O frente a la masacre en el Tíbet o ante el masivo asesinato de los estudiantes en la Plaza Tiananmen, que reclamaban democracia y libertad. Otra prueba del totalitarismo ideológico de un marxismo reciclado.
Japón y China han sido partícipes de calamidades históricas. Y, a pesar de ello, sus pueblos son dignos de admiración por el progreso alcanzado con disciplina, inteligencia, voluntad, coraje y espíritu de solidaridad. Por esto, aun con las evidentes diferencias, existe identidad en el sufrimiento y la superación común, y ambos países deben armonizar relaciones por la cooperación, la paz y el progreso en Asia. La civilización así lo impone.
Sutil y profunda imitación. Pero hay algo que personalmente retomo: la historia de Japón, pintada ahora de negro. Por ella siento respeto. Ya desde la segunda mitad del siglo XIX, el imperio insular de Japón se convirtió, junto a EE. UU. y los estados europeos, en potencia mundial; nunca así por azar. En 1853, el comodoro Perry, con una flota de su país, exigió de Japón un tratado comercial con EE. UU. Esto dio al traste con el crítico aislamiento que durante más de 300 años tuvo Japón. Con el transcurrir de los decenios históricos, el japonés imitó con sutileza y profundidad la política exterior imperialista. La transformación fue clara: se constituyó en estado monárquico constitucional, con divorcio del estado agrícola y feudal, con resguardo de una importante tradición: el culto a la familia imperial y al "divino" Emperador.
Ya en 1889, Japón tuvo una Constitución política inspirada en la experiencia constitucional prusiana de 1850, con la intención de ser un Estado moderno y con el agravante práctico de la presencia absolutista del Emperador. Después de la I Guerra Mundial, al lado de las potencias vencedoras, se profundizó en las reformas democráticas. Empero, al parlamentarismo de la época se le opuso una gran fuerza de simpatía popular: los militares, quienes desplazaron la democracia, los partidos y el parlamento para ser el eje central del contexto político y social. Así el régimen militar, liderado por el general Tojo, quien ganó la confianza ciudadana, realizó actos de expansión imperialista sobre el continente asiático (Manchuria y China), con efectos devastadores durante la II Guerra Mundial: el suelo japonés fue un laboratorio para las bombas atómicas.
El nuevo Japón eliminó los vestigios de las fuerzas armadas, aunque hoy se quieran rescatar, lo cual es penoso. Pregunto: ¿Será esto la causa real del conflicto?
Soberanía al pueblo. La Constitución del 3 de noviembre de 1946, con el impulso norteamericano, transfirió la soberanía al pueblo japonés en perjuicio del Emperador. Por el artículo 9 se dispuso el desarme total (algunos lo quieren modificar) y la renuncia del Estado a hacer la guerra, en armonía con los artículos 12 y 121 de la Constitución. Las "fuerzas de autodefensa" sustituyeron a las "fuerzas militares".
Hoy Japón tiene un sistema parlamentario bicameral, con retomo de la democracia y sensibilidad por la paz con virtudes éticas, budistas y orientales. De las cenizas de la derrota y la humillación, Japón se levantó, cual ave Fénix. Esto es digno de encomio. China perfectamente lo entiende.