Al leer Newsweek, veo con preocupación cómo, específicamente del lado republicano norteamericano, se intenta transformar el voto en “un acto de fe”, y por esto se usa y abusa de mensajes subliminales, o simplemente abiertos, de interferencia entre el pensamiento religioso y la conformación del Estado.
Una postura radicalmente opuesta sigue el Gobierno francés al prohibir en las escuelas públicas, desde de este mes, todo signo grande y evidente de adscripción a determinada religión. Las antagónicas posturas reflejan un Estado confesional –o casi– en el primer caso, y uno laico en el segundo.
Todo eso puede parecer lejano e intrascendente en esta supuesta isla donde vivimos, pero repercute.
Lo que más temo es que, dentro del estamento supuestamente cristiano que prevalece, en realidad se esté dando un preocupante y profundo empobrecimiento espiritual.
Le tengo miedo a ese “optimismo de supermercado”, según la feliz expresión de Marvin Galeas, que representa una atrofia generalizada de toda búsqueda de lo trascendental, lo espiritual, lo humano más allá del hambre material a satisfacer. Por doquier se está infiltrando un hedonismo inmediatista, cortoplacista, tremendamente egoísta, muy peligroso.
Espacio de reflexión. Por eso me parece importante que la Universidad de Costa Rica, en particular su Facultad de Educación, haya dado espacio a la reflexión de temas tan trascendentes como el feminismo, el matrimonio y la familia. La profesora invitada será Jutta Burggraf, alemana adscrita a la Universidad de Navarra. Esto tendrá lugar los días 16 de setiembre (a las 10 a. m. y a las 6:30 p. m.) y el 17 a las 10 a. m. Se trata, al final de cuentas, de “Educar a pensar en libertad”, como reza el título de la última conferencia.
A las 3 p. m. del jueves 16, siempre en el auditorio de profesores eméritos de la Facultad, se comentará el libro que la misma autora acaba de publicar con su perspectiva de sexo.
Desde luego, el ciudadano oyente se formará el criterio que estime conveniente, pero importa que no quede indiferente, lo cual se capitalizaría por intereses que de repente no le convienen.
Retomando la tesis del primer párrafo, postulo que es urgente salir de esas vivencias religiosas puramente externas e impuestas oficialmente, hacia una exploración de espiritualidad interiorizada, vivida con sinceridad. El progreso económico no debe ser inversamente proporcional a la pérdida de valores profundos, comunitarios, como observamos por doquier: el mercado, con su escaparate de espejismos, no me tiene que dictar los valores que defiendo.
El Estado, no volviendo al afán absolutista, sino como contrato social abstracto a partir de realidades personales, será el facilitador de un progreso en humanismo para todos. Ese es el civilismo en el que creo.